PARTE 4 Volví y oí a mi hija reír después de dos años en silencio. Bailaba con el hijo de la empleada mientras mi madre dijo: “¿Qué hace el hijo de una empleada jugando con mi nieta?”. No la despedí, investigué quién era Marta y por qué dejó la música. La encontré en un albergue, pero en su guitarra había un broche ajeno y una carta que mi madre escondió.

Chapter 4 / 5

Durante los días siguientes, Adrián intentó convencer-se de que todo había terminado.

Verónica había sido despedida.

Marta había recuperado su lugar en el conservatorio.

Claudia volvía a sonreír.

Y Mercedes había aceptado reabrir el expediente del antiguo edificio.

Parecía suficiente.

Pero Samuel Ortega no pensaba lo mismo.

Una mañana apareció en el despacho de Adrián con una carpeta gris.

—He encontrado algo.

Adrián levantó la mirada.

—¿Otra vez?

Samuel no sonrió.

—Ojalá no lo hubiera encontrado.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Revisé los archivos de Inversiones Valverde relacionados con el edificio donde murió Julián Serrano.

Adrián abrió el primer documento.

Era un informe técnico.

Fecha: 14 de marzo de 2018.

El documento advertía de varias deficiencias estructurales.

Una frase estaba marcada en rojo:

«El edificio no debe continuar en funcionamiento sin una intervención inmediata.»

Adrián pasó la página.

Había otro informe.

17 de abril.

Mismo diagnóstico.

Después otro.

9 de mayo.

Y otro.

22 de junio.

Todos recomendaban evacuar parcialmente el inmueble.

Pero el derrumbe ocurrió el 3 de julio.

—¿Por qué nadie hizo nada?

Samuel señaló una firma.

—Porque alguien autorizó la continuidad de las operaciones.

Adrián reconoció el nombre.

No era Mercedes.

Tampoco era él.

Era un hombre llamado Ricardo Salvatierra.

—¿Quién es?

—Entonces era director financiero de Inversiones Valverde.

Adrián recordó vagamente el nombre.

—¿Dónde está ahora?

Samuel cerró la carpeta.

—Muerto.

—¿Cuándo?

—Hace 4 años.

—¿Cómo?

—Accidente de tráfico.

Adrián permaneció en silencio.

—¿Y qué tiene que ver con Marta?

Samuel sacó otro documento.

—Después del derrumbe, Ricardo recibió una transferencia de una sociedad que no pertenecía al grupo.

Adrián miró la cifra.

—¿Cuánto?

—180.000 euros.

—¿Quién se los pagó?

Samuel negó con la cabeza.

—Ahí está el problema. La sociedad desapareció 2 semanas después.

Adrián volvió a mirar el documento.

—¿Y mi madre sabía esto?

—Todavía no lo sé.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Era Mercedes.

Había escuchado la última frase.

—Sí.

Adrián se volvió.

—¿Sabías lo de Ricardo?

Mercedes cerró la puerta detrás de ella.

—Sabía que Ricardo había recibido dinero.

—¿De quién?

—No lo sé.

Samuel la observó.

—Mercedes, ¿por qué nunca lo denunciaste?

Ella bajó la mirada.

—Porque en aquel momento creí que el dinero estaba relacionado con una negociación interna.

Adrián se levantó.

—Mamá, murió un hombre.

—Lo sé.

—Un hombre murió por culpa de una empresa que tú dirigías.

—Lo sé.

—Y durante años pensaste que bastaba con pagar una indemnización.

Mercedes cerró los ojos.

—No.

—¿No qué?

—Nunca pensé que bastara.

La respuesta sorprendió a Adrián.

—Entonces, ¿por qué callaste?

Mercedes tardó varios segundos.

—Porque después del accidente recibí una carta.

—¿De quién?

—De Ricardo.

—¿Qué decía?

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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Story

Volví para los 81 de mi padre y lo hallé con chaqueta a 34 grados, sudando y aterrado. Mi hermano decía que era confusión; él se encogía cada vez que movían una silla. En su móvil leí: “Si Clara descubre lo que ocurrió con su madre, Mercedes caerá con nosotros”. No grité, fotografié y abrí la taquilla 308: había una cinta de mi madre y “Su verdadero padre, Esteban”. PARTE 1 El grito de Julián Valcárcel atravesó la casa cuando su hija intentó quitarle la chaqueta, aunque fuera hacía 34 grados. Clara se quedó paralizada con una mano sobre el primer botón. Había regresado a Valencia para celebrar los 81 años de su padre y esperaba encontrar al hombre orgulloso que todavía discutía con los vecinos sobre quién cultivaba los mejores tomates. En cambio, lo encontró encogido en un sillón, con las persianas bajadas y una chaqueta de pana abrochada hasta el cuello. —Por favor, hija… no me la quites. —Papá, estás empapado de sudor. —No importa. Déjala puesta. Antes de que Clara pudiera preguntar nada más, su hermano Álvaro apareció desde el pasillo. Llevaba un reloj nuevo y esa sonrisa serena que utilizaba cuando quería controlar una conversación. —Últimamente se altera por cualquier cosa —explicó—. El neurólogo dice que son episodios de confusión. Su esposa, Nuria, dejó una bandeja sobre la mesa. —Lo cuidamos día y noche, pero luego viene alguien de visita y parece que los malos somos nosotros. Clara no respondió. Trabajaba como inspectora de Hacienda en Madrid y llevaba años descubriendo fraudes escondidos detrás de documentos impecables. Las mentiras más peligrosas no solían sonar absurdas; parecían perfectamente preparadas. Durante la comida, Álvaro contó que Julián olvidaba nombres, acusaba a los vecinos de entrar en casa y se negaba a tomar la medicación. Nuria añadió que incluso se había hecho daño solo para llamar la atención. Julián no levantó la mirada del plato. Cada vez que su hijo movía una silla, sus hombros se tensaban. Cuando Nuria le puso 2 comprimidos junto al vaso, él los tragó sin preguntar. Después miró a Clara con una súplica silenciosa. Aquello no era desorientación. Era miedo. Esa noche, mientras Álvaro atendía una llamada en la terraza y Nuria bajaba al garaje, Clara acompañó a su padre al baño. Abrió el grifo para disimular sus voces y cerró la puerta. Julián retrocedió aterrorizado. —No eches el pestillo. Si Álvaro lo encuentra cerrado, se enfadará. Clara le tomó las manos. —Mírame, papá. Nadie va a entrar. Desabrochó la chaqueta muy despacio. Cuando la tela cayó de sus hombros, sintió que le faltaba el aire. Había manchas oscuras sobre sus costillas, marcas rojizas alrededor de las muñecas y una herida mal curada bajo el omóplato. Su piel frágil mostraba señales que ningún tropiezo podía explicar. —¿Quién te ha hecho esto? Julián apretó los labios hasta que comenzaron a temblarle. —Álvaro me ata a la cama cuando pregunto por mis cuentas. Nuria me golpea si me niego a firmar. Vendieron el apartamento de Dénia y cambiaron mi testamento. —¿Por qué no me llamaste? —Lo intenté 3 veces. Rompieron mi móvil. Después dijeron que tú habías contestado que no querías cargar con un viejo. Clara fotografió cada lesión y activó una grabación. —Voy a sacarte de aquí. —No sabes quién los protege —susurró Julián—. Hay una jueza que conoce todos tus expedientes. Si denuncias, destruirá las pruebas antes de que amanezca. En ese instante, Nuria golpeó la puerta. —¿Todo bien ahí dentro? Julián perdió el color. Clara respondió con una tranquilidad que ni ella misma sentía. —Sí, papá se ha mareado. Cuando los pasos se alejaron, llamó a la magistrada Mercedes Roldán, la mujer que había impulsado su carrera años atrás. —Necesito protección urgente para mi padre. Al otro lado hubo un breve silencio. —Clara, no avises a la Policía Local —contestó Mercedes—. Y, sobre todo, no dejes que Álvaro salga de la casa. Clara sintió un escalofrío. Ella todavía no había mencionado el nombre de su hermano. ———————————————- Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento. He dejado la Parte 2 en el primer comentario fijado.