PARTE 2 Volví y oí a mi hija reír después de dos años en silencio. Bailaba con el hijo de la empleada mientras mi madre dijo: “¿Qué hace el hijo de una empleada jugando con mi nieta?”. No la despedí, investigué quién era Marta y por qué dejó la música. La encontré en un albergue, pero en su guitarra había un broche ajeno y una carta que mi madre escondió.
Samuel explicó que Marta había estudiado en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Ganó varios concursos y estaba a punto de iniciar una carrera internacional cuando su marido, Julián, perdió la vida en el derrumbe parcial de un antiguo edificio industrial.
El inmueble pertenecía entonces a Inversiones Valverde.
Existían informes previos sobre problemas estructurales.
La empresa había ignorado varias advertencias.
Marta intentó reclamar responsabilidades, pero un poderoso equipo jurídico consiguió cerrar el caso y los gastos la dejaron prácticamente sin ahorros.
—¿Quién dirigía Inversiones Valverde en aquella época? —preguntó Adrián.
Samuel tardó en contestar.
—Tu madre.
Adrián sintió frío.
Pero aún faltaba algo.
Samuel colocó sobre la mesa una copia del registro de visitas de la clínica donde Elena había pasado sus últimas semanas.
Una voluntaria acudía varias tardes para tocar la guitarra a pacientes que estaban solos.
El nombre apareció ante sus ojos.
Marta Serrano.
La mujer cuya vida había sido destruida por una empresa de su familia había acompañado a Elena sin saber quién era.
Y la canción que Marta tocaba ahora para Claudia era precisamente la melodía que Elena le había pedido repetir cada tarde.
Adrián cerró la carpeta.
En ese mismo momento, en otro lugar de la casa, Mercedes daba una orden a Verónica, la administradora:
—Esa mujer tiene que marcharse antes de que Adrián descubra quién es.
Verónica sonrió.
—Entonces habrá que darle una razón para no volver a confiar en ella.