PARTE 1 Volví a exhumar a mi esposa en Segovia y mi madre me frenó: «No preguntes por la niña. Ya está solucionado». Su alianza no estaba en el féretro y meses después la vi en el cuello de otra mujer. No lloré, pedí el expediente y descubrí que mi hija había nacido viva. Pero en la carpeta faltaba su certificado de defunción y había una firma falsa con mi nombre.
El día que Daniel Robles vio que faltaba la alianza de su esposa dentro del féretro, dejó de creer que su madre simplemente quería protegerlo del dolor.
Habían pasado 3 años desde que Irene, profesora de Historia en un instituto de Valladolid, había fallecido después de un accidente de carretera. Daniel, comandante del Ejército del Aire y del Espacio, llevaba entonces semanas destinado fuera de España y llegó cuando todo estaba prácticamente decidido: hospital, papeles, funeral y una explicación breve de su madre, Mercedes Robles, sobre lo ocurrido.
Ahora el pequeño cementerio de Valdeolmos, en la provincia de Segovia, debía trasladar varias sepulturas por las obras de una variante. Daniel volvió para supervisar personalmente la exhumación.
Mercedes intentó impedirlo desde el primer minuto.
—No necesitas verla otra vez. Firma la autorización y deja trabajar a los operarios.
Aquella insistencia le resultó extraña. Su madre podía discutir durante horas por una factura de 20 euros, pero esa mañana parecía dispuesta a regalar cualquier cosa con tal de marcharse.
Junto a la tumba estaba Aurora, madre de Irene. Tenía un rosario entre los dedos y los ojos clavados en la tierra.
Cuando levantaron la tapa, Daniel sintió que 3 años de disciplina se deshacían en segundos. No quería mirar demasiado. Solo necesitaba comprobar que todo estaba correcto antes del traslado.
Entonces vio la mano.
La alianza no estaba.
Era un aro sencillo de oro blanco. En el interior había mandado grabar una frase antes de una de sus primeras misiones:
—Si tardas, vuelve igual.
Daniel mismo la había colocado en la mano de Irene durante el velatorio.
—¿Dónde está?
Mercedes contestó demasiado deprisa.
—Habrá caído.
Los operarios revisaron el interior, las telas y la tierra retirada.
Nada.
—Daniel, basta —dijo Mercedes—. Es una joya. No conviertas esto en un circo.
Aurora comenzó a llorar.
—Perdóname.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Por qué?

Mercedes dio 1 paso.
—Aurora, no es el momento.
Daniel sintió un frío distinto al de la mañana.
—¿El momento de qué?
Aurora lo miró.
—De decirte que Irene estaba embarazada.
Daniel se quedó inmóvil.
Nunca había sabido nada.
—¿De cuánto?
—Casi 7 meses.
—¿Y el bebé?
Mercedes cerró los ojos.
Aurora respondió:
—Nació viva.
Daniel miró a su madre.
—Tú me dijiste que Irene murió sola.
—Porque la niña no sobrevivió —replicó Mercedes.
—Eso me dijiste tú —corrigió Aurora—. A mí una enfermera me aseguró que respiraba cuando la llevaron a neonatos.
Después sacó una fotografía de su bolso.
En ella aparecía Claudia Salas, hija de unos amigos de Mercedes y la mujer que su madre siempre había considerado «perfecta» para Daniel. Sonreía en una comida familiar celebrada 10 meses después del funeral.
Llevaba el anillo de Irene colgado de una cadena.
Daniel amplió la imagen.
El grabado era inconfundible.
«Si tardas…»
Levantó la vista hacia Mercedes.
Su madre ya no parecía nerviosa.
Parecía asustada.
Y Daniel comprendió que la alianza no había desaparecido dentro de una tumba.
Alguien la había sacado.
Y quizá también había hecho desaparecer a su hija.