PARTE 4 Volví a exhumar a mi esposa en Segovia y mi madre me frenó: «No preguntes por la niña. Ya está solucionado». Su alianza no estaba en el féretro y meses después la vi en el cuello de otra mujer. No lloré, pedí el expediente y descubrí que mi hija había nacido viva. Pero en la carpeta faltaba su certificado de defunción y había una firma falsa con mi nombre.
Daniel pensó que después de encontrar a Alba ya no quedaban secretos capaces de sorprenderlo.
Se equivocaba.
La primera señal apareció 3 meses después de que Alba comenzara a vivir con él.
Su abogada, Elena Vargas, lo llamó un martes por la mañana.
—Necesito que vengas a mi despacho.
—¿Ha pasado algo con el caso?
—Sí.
Daniel dejó el café sobre la mesa.
—¿Qué han encontrado?
Elena guardó silencio unos segundos.
—Una transferencia.
—¿De Mercedes?
—No.
—¿De Enrique Valdés?
—Tampoco.
—Entonces, ¿de quién?
—De Irene.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso es imposible.
—Por eso quiero que vengas.
Cuando llegó al despacho, Elena tenía varios documentos extendidos sobre la mesa.
—Estas son las cuentas de Irene durante los 6 meses anteriores al accidente.
Daniel las observó.
Al principio no vio nada extraño.
Después Elena señaló una línea.
—Cada mes recibía 900 €.
—¿De quién?
—De una sociedad llamada Robles Gestión Patrimonial.
Daniel levantó la mirada.
—Esa sociedad era de mi padre.
—Exactamente.
Su padre había muerto 5 años antes.
Daniel recordaba aquella empresa.
Era una sociedad pequeña utilizada para administrar varios inmuebles familiares.
—¿Por qué mi padre le enviaba dinero a Irene?
—Eso es lo que tenemos que descubrir.
Elena pasó otra hoja.
—Hay más.
Durante los meses anteriores al accidente, Irene había recibido un segundo tipo de transferencia.
2.000 €.
Siempre el día 15.
Siempre desde una cuenta distinta.
—¿Quién era el titular?
Elena deslizó el documento.
Daniel leyó el nombre.
Enrique Valdés.
Se quedó inmóvil.
—Entonces Enrique estaba ayudando a Irene.
—Eso parece.
—¿Mercedes sabía esto?
—No lo sabemos.
Daniel recordó las palabras de su madre.
«Irene no encajaba contigo.»
De repente aquella frase adquirió otro significado.
—¿Por qué mi padre ayudaría a mi esposa a escondidas?
Elena abrió una carpeta.
—Porque probablemente sabía algo que tú nunca supiste.
Dentro había una copia de un documento firmado 4 años antes de la muerte de Irene.
Era un acuerdo privado.
Daniel leyó la primera página.
Después la segunda.
Y tuvo que sentarse.
Su padre había dejado una parte importante de sus acciones en una sociedad familiar a nombre de Daniel y, como beneficiaria secundaria, a Irene.
No era una herencia directa.
Era un mecanismo de protección.
Daniel no entendía.
—¿Por qué?
Elena señaló una cláusula.
—Tu padre sospechaba que Mercedes estaba intentando modificar la estructura de la empresa familiar.
—¿Mi madre?
—Sí.
Daniel volvió a leer.
El documento establecía que, si Daniel fallecía o quedaba incapacitado, Irene asumiría temporalmente los derechos de representación de las acciones.
—¿Mi padre sabía que Mercedes quería quitarme el control?
—Parece que sí.
Daniel se pasó una mano por la cara.
—¿Y Alba?
Elena no respondió inmediatamente.
—Ahí está el problema.
En una segunda cláusula aparecía una condición.
Si Daniel e Irene tenían una hija, los derechos quedarían protegidos para ella hasta alcanzar la mayoría de edad.
Daniel sintió un escalofrío.
—Alba.
—Sí.
Elena señaló el documento.
—Tu hija no era solo la hija que Mercedes intentó ocultar. También era la heredera de una estructura patrimonial que alguien llevaba años intentando controlar.
Daniel comprendió por qué el embarazo había cambiado todo.
No se trataba únicamente de que Irene fuera una mujer que Mercedes no aprobaba.
Se trataba de que Irene estaba a punto de convertirse en la persona que podía bloquear los planes de Mercedes.
Y Alba era todavía más importante.
Daniel recordó algo.
—Mercedes sabía que Irene estaba embarazada.
—Sí.
—Y también sabía que era una niña.
—Probablemente.
—Entonces no quería esconder a Alba solo para protegerme.
Elena negó lentamente.
—Creo que quería controlar quién tendría acceso a los derechos que tu padre había dejado protegidos.
Daniel permaneció en silencio.
Durante años había pensado que Mercedes había actuado por clasismo.
Por orgullo.
Por obsesión con Claudia.
Ahora descubría que debajo de todo aquello había dinero.
Y poder.
Pero faltaba una pieza.
¿Quién había falsificado los documentos?
Elena llevó el caso a un perito especializado.
La firma de Daniel ya había sido declarada falsa.
Pero la investigación sobre los documentos patrimoniales reveló algo más.
La persona que había preparado las falsificaciones había utilizado un ordenador registrado a nombre de una asesoría.
La asesoría pertenecía a…
Claudia.
Daniel sintió una mezcla de rabia y decepción.
—Ella dijo que no sabía nada.
—Puede que sea cierto.
—¿Entonces por qué su ordenador aparece aquí?
—Porque alguien pudo utilizarlo.
La policía revisó los registros.
El acceso se había producido durante una reunión familiar celebrada 4 meses antes del accidente.
Habían estado presentes Mercedes.
Enrique.
Claudia.
Y un hombre que Daniel no recordaba.
Rafael Robles.
Su tío.
El hermano menor de su padre.
Daniel lo conocía poco.
Había vivido durante años en Portugal y apenas participaba en las reuniones familiares.
Elena levantó otro documento.
—Tu tío también tenía un interés económico.
Rafael poseía una participación minoritaria en la sociedad familiar.
Si Mercedes lograba modificar los derechos de Daniel y eliminar a Irene como beneficiaria, Rafael habría aumentado considerablemente su control.
Daniel se quedó mirando la lista de nombres.
—Entonces eran varios.
—Eso parece.
—Mercedes.
—Sí.
—Enrique.
—Sí.
—Rafael.
—Probablemente.
Daniel cerró los ojos.
—Y Claudia.
Elena negó.
—Todavía no podemos afirmarlo.
Aquella distinción importaba.
Daniel había aprendido demasiado tarde que sospechar no era demostrar.
La investigación continuó.
Claudia fue interrogada nuevamente.
Esta vez no lloró.
No pidió perdón.
Solo dijo:
—Yo sabía que Mercedes quería que Irene desapareciera de tu vida.
—¿Qué significa «desapareciera»?
—Pensé que quería que os divorciarais.
—¿Y la alianza?
Claudia bajó la mirada.
—Me dijo que Irene había sido enterrada con ella.
—Mentiste.
—Sí.
—¿Sabías que estaba viva cuando nació Alba?
Claudia tardó varios segundos.
—No.
—¿Cuándo descubriste que Alba existía?
—Hace 8 meses.
Daniel la miró.
—¿Por qué no dijiste nada?
Claudia comenzó a llorar.
—Porque tenía miedo.
—¿De Mercedes?
—De todos.
Daniel no respondió.
Claudia sacó entonces un teléfono antiguo.
—Hay algo que nunca entregué.
Lo encendió.
Había un único archivo de audio.
La voz de Mercedes apareció.
«Si Daniel pregunta por la niña, dile que murió.»
Daniel cerró los ojos.
La grabación continuó.
«No puede saber que sobrevivió. Todavía no.»
Todavía no.
Aquellas 2 palabras cambiaron el caso.
Elena las escuchó 3 veces.
—¿Cuándo fue grabado?
Claudia mostró la fecha.
2 días después del accidente.
Daniel sintió un vacío en el pecho.
Mercedes no había improvisado.
Después del accidente ya sabía que Alba estaba viva.
Y había tomado una decisión consciente de mantenerla oculta.
Pero entonces apareció la pregunta más importante.
¿Por qué decir «todavía no»?
La respuesta apareció 2 semanas después.
La policía encontró una caja de seguridad perteneciente a Rafael.
Dentro había contratos.
Acciones.
Poderes notariales.
Y un documento firmado por Mercedes.
La fecha era anterior al accidente.
En él se establecía que, si Daniel moría antes de cumplir determinadas condiciones, la administración temporal de sus derechos patrimoniales pasaría a un comité formado por 3 personas.
Mercedes.
Rafael.
Enrique.
Pero había una condición que impedía activar el mecanismo.
Daniel tenía una hija reconocida.
Por eso necesitaban demostrar que Alba no existía.
O que había muerto.
El accidente había ocurrido justo cuando Irene estaba a punto de registrar oficialmente el nacimiento de la niña.
Daniel sintió náuseas.
—Querían que Alba apareciera como fallecida.
Elena asintió.
—Y necesitaban que tú creyeras que no existía.
—Por eso falsificaron mi firma.
—Sí.
—Por eso Mercedes interceptó los mensajes.
—Sí.
—Por eso necesitaban que Irene pareciera una mujer que se había alejado de mí.
Elena cerró la carpeta.
—Y por eso la alianza desapareció.
Daniel la miró.
—¿La alianza?
—Si alguien encontraba el cuerpo y veía la alianza, podía preguntarse por qué Irene no llevaba sus pertenencias completas.
—Pero ¿qué tiene que ver eso con Alba?
Elena respondió:
—La alianza era una prueba de que Irene seguía siendo tu esposa.