PARTE 2 Mi marido metió a una indigente que olía a calle en nuestro salón de Pozuelo y me ordenó bañarla yo misma con guantes por asco. Me espetó: “Quiero que la bañes tú. Y no llames a nadie del servicio. Hazlo tú misma”. No discutí, la metí en la bañera y vi en su hombro la media luna idéntica a la de mi madre muerta hace 20 años.
Durante 20 años Beatriz había creído que Carmen no había logrado salir del incendio que destruyó su antigua casa en Valladolid.
Nunca apareció un cuerpo, pero su tía Teresa convirtió la ausencia en una certeza.
Alejandro confesó que había sospechado algo.
En el comedor había visto una cicatriz antigua en la muñeca izquierda de Luz. Beatriz le había contado años atrás que su madre se había quemado allí preparando croquetas.
—No quería darte falsas esperanzas.
Un neurólogo confirmó que Carmen presentaba una amnesia profunda relacionada con antiguos traumatismos.
—No la obliguen a recordar —advirtió—. La memoria puede regresar con lugares, olores o situaciones inesperadas.
Beatriz lo intentó todo.
Preparó lentejas como las de su infancia.
Puso canciones antiguas.
Sacó fotografías.
Nada.
Hasta que viajaron juntas a Valladolid.
Al cruzar una avenida, una motocicleta perdió el control y subió parcialmente a la acera.
Beatriz se quedó paralizada.
Carmen no.
La empujó con todas sus fuerzas.
Cuando Beatriz se incorporó, encontró a su madre de rodillas, llorando.
Pero había algo distinto en sus ojos.
—Beíta…
Beatriz dejó de respirar.
Nadie la llamaba así desde niña.
Carmen le sostuvo el rostro.
—Ya recuerdo.
—¿Qué?
La anciana comenzó a temblar.
—A tu padre.
Beatriz retrocedió.
Durante 20 años había vivido convencida de que su padre había perdido la vida por una imprudencia suya.
Carmen negó entre lágrimas.
—No fue culpa tuya.
Y empezó a contar lo que realmente había ocurrido aquella tarde.