PARTE 1 Volví sin avisar y encontré a la chica de la limpieza rapando a mi madre enferma. Yo pagaba médicos privados que miraban el reloj mientras ella compraba margaritas baratas con su sueldo para acompañarla. Mi pareja me dijo: “Esa mujer no pertenece a esta familia.” No discutí, le pedí que se fuera y esa noche descubrí que Lucía había pasado 19 noches sin cobrar junto a mi madre.
Alejandro Valdés descubrió que llevaba meses pagando para que cuidaran a su madre justo el día en que comprendió que la única persona que realmente la estaba cuidando era una empleada contratada para limpiar.
Aquel miércoles regresó sin avisar a su casa de Pozuelo de Alarcón. Tenía 52 años, dirigía un grupo de empresas inmobiliarias con oficinas en Madrid, Barcelona y Lisboa, y estaba acostumbrado a que su agenda funcionara con una precisión casi militar. Un contrato en Bilbao se había aplazado y, por primera vez en meses, tenía una tarde vacía.
Nada más cruzar la puerta notó algo extraño.
La casa olía a flores frescas y a manzanilla.
No eran los arreglos caros que el administrador encargaba cada semana. Sobre una mesa había margaritas compradas en algún mercado, colocadas dentro de una jarra de cristal corriente.
Alejandro siguió el sonido de una voz hasta la habitación de su madre.
Carmen Valdés, de 79 años, llevaba 8 meses sometida a tratamiento por una enfermedad oncológica avanzada. Alejandro había contratado oncólogos privados, fisioterapeutas, 2 enfermeras por turno y una coordinadora sanitaria. Revisaba informes desde aeropuertos, pagaba cada factura sin preguntar y repetía a quien quisiera escucharlo que estaba haciendo todo lo posible.
Pero aquella tarde vio algo que ninguno de sus informes mencionaba.
Carmen estaba sentada en una silla frente a la ventana.
De rodillas ante ella había una joven vestida con el uniforme azul marino del personal doméstico. Con una pequeña máquina le estaba retirando cuidadosamente los últimos mechones de cabello que el tratamiento había dejado.
La joven lloraba en silencio.
Carmen tenía los ojos cerrados y una mano apoyada sobre la muñeca de ella.
Alejandro sintió un golpe de rabia antes que ternura.
Entró.
—¿Qué está haciendo?
La joven se sobresaltó y apagó la máquina.
Carmen abrió los ojos.
—Alejandro…
—He preguntado qué está haciendo esta mujer.
La empleada se levantó.
—Soy Lucía Martín, señor Valdés. Su madre me pidió ayuda.
Alejandro conocía el nombre vagamente. 27 años. Limpieza general. 7 meses trabajando en la casa.
—Usted está contratada para limpiar, no para intervenir en cuestiones médicas.

Lucía no bajó la mirada.
—Esto no era una cuestión médica.
—Decidir eso tampoco le corresponde.
Carmen golpeó suavemente el brazo de la silla.
—Basta.
Alejandro miró a su madre.
—Mamá, tienes enfermeras para estas cosas.
—Tengo enfermeras para la medicación. Lucía estaba aquí porque yo se lo pedí.
—Podría haberse producido una infección.
—Alejandro, estaba perdiendo el pelo a mechones y no quería que otra persona entrara con guantes, hiciera su trabajo y saliera mirando el reloj.
El silencio se volvió incómodo.
Carmen señaló a Lucía.
—Esta chica lleva meses sentándose conmigo cuando tengo miedo. Me lee cuando no puedo dormir. Me prepara algo de comer cuando el tratamiento me revuelve el estómago. Me escucha. ¿Sabes lo que haces tú?
Alejandro apretó la mandíbula.
—Me aseguro de que tengas el mejor tratamiento posible.
—Tú lees informes.
Lucía intentó marcharse.
—Perdone. Voy a dejarles solos.
Carmen la sujetó.
—No. Tú te quedas.
Después miró directamente a su hijo.
—Y si se te ocurre despedirla, puedes empezar a buscarme otra casa, porque yo tampoco me quedo.
Alejandro no respondió.
Aquella noche pidió al administrador todos los registros de acceso de Lucía.
Pensaba demostrar que aquella empleada se había excedido.
Lo que encontró a las 2:17 de la madrugada hizo que cerrara el ordenador y se quedara mirando la pantalla negra durante varios minutos.
Lucía había pasado 19 noches junto a su madre sin cobrar 1 euro.