PARTE 1 Mi abuelo sostuvo a mi hija de 12 días y me preguntó quién era el padre. Tiene sus mismos ojos, me dijo, y yo aún creía que me había abandonado. Llegué a su finca y su padre me soltó: “Eres igual que tu madre”. No discutí, abrí la caja de mi madre y encontré una foto mía a los 5 años en bicicleta junto al padre de mi hija.
El abuelo de Lucía llevaba apenas 20 segundos sosteniendo a su bisnieta cuando empezó a llorar y lanzó una pregunta que convirtió aquella bienvenida en una pesadilla.
—Lucía, dime ahora mismo quién es el padre de esta niña.
La joven se quedó inmóvil.
Alma tenía solo 12 días. Había pasado sus primeras jornadas ingresada en Neonatología del Hospital Universitario de Salamanca porque había nacido antes de tiempo. Aquella tarde, por fin, Lucía había podido llevarla a la casa de piedra donde su abuelo Tomás la había criado desde que perdió a sus padres con 9 años.
Esperaba lágrimas de felicidad.
No terror.
Tomás acercó a la niña a la ventana. Alma tenía el pelo oscuro, un pequeño hoyuelo en la barbilla y una característica imposible de ignorar: un ojo azul grisáceo y el otro de un marrón tan profundo que parecía negro.
—Se llama Adrián —respondió Lucía—. Adrián Salvatierra.
El rostro del anciano perdió el color.
—¿Hijo de Gabriel Salvatierra?
—Sí. ¿Por qué?
Tomás se dejó caer en una silla.
Adrián había desaparecido 7 meses antes, la misma noche en que Lucía le contó que estaba embarazada. No habían discutido. Él incluso la abrazó, prometió que encontrarían una solución juntos y salió de su piso diciendo que llamaría al día siguiente.
Nunca lo hizo.
Cuando Lucía fue a buscarlo, su apartamento estaba medio vacío.
Durante meses creyó que simplemente había huido de la responsabilidad.
—Abuelo, ¿qué sabes de ellos?
Tomás miró a Alma.
—Le prometí a tu madre que jamás te contaría esto.
El corazón de Lucía se aceleró.
—Entonces rompe la promesa.
Tomás respiró con dificultad.
Su madre, Clara, había trabajado durante años como cuidadora interna para los Salvatierra, una familia de empresarios bodegueros de Valladolid.

—Tú viviste en su casa cuando tenías 5 años.
Lucía sintió un destello extraño: una bicicleta roja, un jardín enorme, un niño corriendo tras ella.
—Adrián…
Tomás asintió.
Los recuerdos regresaron a golpes.
Gabriel Salvatierra, padre de Adrián, había quedado viudo. Con el tiempo empezó a acosar a Clara, ofreciéndole dinero, un piso y privilegios a cambio de una relación que ella nunca quiso.
Cuando Clara lo rechazó, Gabriel la despidió y utilizó sus contactos para cerrarles puertas laborales.
—Tu madre salió de aquella casa llorando —dijo Tomás—. Y Adrián corrió detrás del coche porque no quería que te fueras.
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Había conocido a Adrián 2 años antes en una feria literaria de Valladolid.
O eso creía.
Esa noche abrió una vieja caja de madera que perteneció a su madre.
Dentro encontró fotografías.
En una aparecía ella con 5 años sobre una bicicleta roja.
A su lado estaba Adrián.
Tenía exactamente los mismos ojos que Alma.
Después encontró cartas infantiles escritas por él, preguntando dónde estaba Lucía, si aún conservaba la bicicleta y por qué Clara nunca contestaba.
La última frase, escrita años después por su madre detrás de una de aquellas cartas, hizo temblar a Lucía:
“Adrián no es como Gabriel.”
Entonces comprendió algo todavía peor.
Adrián la había reconocido desde el primer día.
Se había acercado sabiendo perfectamente quién era.
Y durante 2 años la había dejado enamorarse sin contarle nada.
A la mañana siguiente, Lucía colocó a Alma en el coche y condujo directamente a la finca de los Salvatierra.
Gabriel abrió la puerta.
Al verla, solo dijo:
—Eres igual que tu madre.
—Quiero hablar con Adrián.
—Él sabía del embarazo y se marchó porque quiso.
Lucía apretó a Alma contra su pecho.
—No me iré hasta escucharlo de su boca.
Gabriel iba a cerrar la puerta cuando una voz masculina surgió desde el interior.
—Papá, apártate.
Lucía dejó de respirar.
Adrián apareció al fondo del pasillo.
Estaba vivo.
Y la razón por la que había desaparecido era mucho peor de lo que Lucía había imaginado.