PARTE 5 Me llamaron del supermercado porque mi hijo de 8 años llevaba 6 horas solo. Yo enterraba a mi madre en Córdoba mientras mi marido estaba en Benidorm con sus hijos de verdad. Me dijo: “Ellos son mis hijos”. No grité, fotografié la nota “NO MOLESTAR A MAMÁ” y llamé a mi abogada, luego encontré en el cajón la reserva cancelada de mi hijo.
Era una organización que aparecía frecuentemente en programas de televisión sobre mediación familiar.
—¿Quién autorizó esto?
La orientadora palideció.
—Pensábamos que usted había firmado.
—Nunca firmé.
—Entonces tendremos que investigar qué ocurrió.
Laura salió del colegio con una copia del expediente.
En la última página había un número de teléfono.
Lo llamó desde el coche.
Una mujer respondió.
—Fundación Horizonte Familiar.
—Soy Laura Beltrán. Necesito saber quién solicitó una evaluación sobre mi hijo.
Silencio.
—Señora Beltrán, esa información no podemos facilitarla por teléfono.
—Entonces dígame qué consentimiento tienen.
—Consta una autorización del progenitor.
Laura cerró los ojos.
—¿Qué progenitor?
—Marcos Ortega.
La llamada terminó 2 minutos después.
Laura no esperó.
Llamó a Marcos.
—¿Has autorizado una evaluación de Daniel?
Él tardó en responder.
—¿Qué evaluación?
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Una fundación ha entrevistado a nuestro hijo y dice tener tu autorización.
Marcos permaneció callado.
—Laura, yo no he firmado nada.
—Entonces alguien está utilizando tu nombre.
—¿Por qué?
—Eso es exactamente lo que quiero averiguar.
Irene pidió inmediatamente los documentos.
Al día siguiente encontró algo extraño.
La firma atribuida a Marcos era prácticamente idéntica a otra firma que aparecía en una solicitud antigua de modificación de custodia.
Pero había un problema.
Marcos no había presentado aquella solicitud.
—¿Quién la presentó?
Irene amplió la copia.
En la parte inferior aparecía un número de expediente.
Lo introdujo en el sistema judicial.
Su expresión cambió.
—Laura.
—¿Qué?
—Este expediente no es nuevo.
—¿De cuándo es?
—De hace 8 meses.
—¿Qué contiene?
Irene tardó unos segundos.
—Una petición para ampliar las visitas de Marcos.
Laura sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Marcos pidió más tiempo con Daniel?
—Eso parece.
—Pero nunca me lo dijo.
—Porque la petición fue archivada.
—¿Por qué?
Irene siguió leyendo.
—Porque faltaba documentación.
Laura respiró profundamente.
—¿Quién la presentó?
Irene levantó la mirada.
—Un abogado que no conozco.
—¿Nombre?
—Ángel Robles.
Laura no reconocía el nombre.
Pero Marcos sí.
Cuando lo llamó, él permaneció en silencio durante varios segundos.
—¿Conoces a Ángel Robles?
—Sí.
—¿Quién es?
—Era abogado de mi padre.
Laura se quedó inmóvil.
—¿Tu padre?
Marcos nunca hablaba de él.
—Murió hace años.
—¿Y por qué su abogado está intentando modificar tus visitas con Daniel?
Marcos no respondió.
—Marcos.
—Porque mi padre dejó una herencia.
—¿Y qué tiene que ver Daniel?
—Todo.
Marcos acudió al piso aquella misma noche.
Laura aceptó verlo porque Daniel estaba con Pilar.
Llegó con una carpeta.
Parecía más nervioso que de costumbre.
—Nunca te conté toda la historia de mi familia.
—Eso ya lo veo.
Marcos dejó la carpeta sobre la mesa.
—Mi padre tenía una empresa.
—¿Qué empresa?
—Inversiones inmobiliarias.
Laura recordó la fundación.
—¿Y?
—Cuando murió, dejó una cláusula.
—¿Sobre qué?
—Sobre sus nietos.
Laura abrió la carpeta.
Había un testamento.
Una frase estaba subrayada.
«El fondo familiar será administrado en beneficio de mis descendientes directos hasta que alcancen la mayoría de edad.»
Laura levantó la cabeza.
—¿Daniel es uno de los beneficiarios?
Marcos asintió.
—Sí.
—¿Y cuánto dinero hay?
—No lo sé exactamente.
—Marcos.
—Más de 2 millones de euros.
Laura cerró la carpeta.
—¿Qué significa esto?
—Que cuando Daniel cumpla 18 años tendrá derecho a una parte.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque pensé que no importaba.
—¿Entonces por qué alguien está intentando obtener la custodia?
Marcos bajó la mirada.
—Porque el testamento también establece que si el padre demuestra tener una relación estable con el menor, puede solicitar administrar temporalmente el fondo.
Laura sintió frío.
—No.
—Sí.
—¿Y tú querías ese dinero?
Marcos negó rápidamente.
—No.
—Entonces, ¿quién?
Marcos levantó los ojos.
—Mi hermana.
Laura no conocía ninguna hermana.
—¿Tienes una hermana?
—Se llama Beatriz.
—¿Dónde está?
—En Estados Unidos.
—¿Y qué quiere?
Marcos tragó saliva.
—La administración del fondo.
—¿Y para conseguirla necesita demostrar que tú eres un padre activo?
—No exactamente.
Marcos sacó otro documento.
—Necesita demostrar que yo puedo ejercer la patria potestad.
Laura entendió.
—Por eso la evaluación.
—Sí.
—Quiere utilizar a Daniel.
—Sí.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Marcos miró la fotografía de Daniel que estaba sobre la estantería.
—Lo que debí hacer hace 2 años.
—¿Qué?
—Protegerlo.
Pero la historia no terminó allí.
3 días después, Irene recibió una llamada del juzgado.
Habían encontrado algo.
La firma de Marcos no era la única falsificada.
También habían falsificado la de Laura.
En una solicitud aparecía una declaración supuestamente escrita por ella:
«Considero conveniente que el menor pase más tiempo con su padre.»
Laura leyó la frase varias veces.
—Yo nunca escribiría esto.
Irene asintió.
—Lo sé.
—¿Quién tiene acceso a nuestros datos?
—Eso es lo que estamos investigando.
Entonces apareció una segunda hoja.
Era un informe psicológico sobre Daniel.
Fechado 6 meses antes.
Laura no había visto nunca al psicólogo.
Pero el informe afirmaba:
«El menor presenta un vínculo emocional debilitado con la madre y una necesidad creciente de recuperar la figura paterna.»
Laura sintió una rabia fría.
—Esto es mentira.
—Lo sé.
—Nunca entrevistaron a Daniel.
—Entonces alguien fabricó el informe.
Irene pasó la página.
—Mira quién lo firma.
Laura leyó el nombre.
Y sintió que el corazón se le detenía.
Era la misma psicóloga que había trabajado con Marcos durante su terapia.
—No puede ser.
—Tenemos que comprobarlo.
—Ella conoce nuestra historia.
—Precisamente.
Laura llamó a Marcos.
—¿Conoces a la doctora Elena Montalvo?
Silencio.
—Sí.
—¿Trabajó contigo?
—Sí.
—¿Le hablaste de Daniel?
—Muchas veces.
Laura cerró los ojos.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Qué ha pasado?
—Alguien está utilizando todo lo que tú contaste en terapia para construir una historia falsa sobre nuestro hijo.
Marcos palideció.
—Yo nunca autoricé eso.
—No basta con decirlo.
—Lo sé.
—Esta vez tendrás que demostrarlo.
Marcos asintió.
—Lo haré.
Una semana después, Beatriz llegó a Madrid.
No avisó.
Apareció frente al colegio de Daniel.
Llevaba un abrigo negro y una carpeta de cuero.
Laura recibió una llamada del director.
—Hay una mujer preguntando por su hijo.
—¿Quién?
—Dice ser su tía.
Laura llegó 12 minutos después.
La mujer la esperaba en la entrada.
—Soy Beatriz Ortega.
Laura se detuvo.
—No puede acercarse a Daniel.
—No he venido a llevármelo.
—Entonces, ¿qué quiere?
Beatriz abrió la carpeta.
—Quiero advertirte.
Laura no se movió.
—¿De qué?
—De mi propia familia.
—¿Por qué debería creerte?
Beatriz sacó una fotografía.
Aparecía su padre.
Marcos.
Y otra persona.
El abogado Ángel Robles.
Los 3 estaban sentados en una mesa.
La fotografía tenía 3 años de antigüedad.
—Mi hermano cree que estoy detrás de todo esto.
—¿Y no lo estás?
—No.
Beatriz miró hacia el colegio.
—Yo descubrí lo que mi padre había