PARTE 4 Me llamaron del supermercado porque mi hijo de 8 años llevaba 6 horas solo. Yo enterraba a mi madre en Córdoba mientras mi marido estaba en Benidorm con sus hijos de verdad. Me dijo: “Ellos son mis hijos”. No grité, fotografié la nota “NO MOLESTAR A MAMÁ” y llamé a mi abogada, luego encontré en el cajón la reserva cancelada de mi hijo.
Casi 2 años después de aquella tarde frente al supermercado, Laura había aprendido a vivir sin esperar una llamada de Marcos.
El divorcio había terminado.
La casa estaba vendida.
Daniel había cambiado de colegio.
Y Marcos había comenzado una terapia que, según Hugo, le estaba ayudando a comprender por qué había tratado a los niños de manera diferente.
Laura no sabía si algún día podría perdonarlo completamente.
Ya no era algo que necesitara resolver.
Su vida había dejado de girar alrededor de él.
Daniel tenía 10 años.
Seguía siendo un niño sensible, pero ya no se disculpaba cada vez que pedía algo.
Había aprendido a levantar la mano en clase.
A llamar cuando tenía miedo.
A decir que no.
Y, sobre todo, había aprendido que los adultos también podían equivocarse.
Aquella tarde llegó del colegio con una expresión extraña.
Laura estaba preparando la cena cuando dejó la mochila en el suelo.
—Mamá.
—¿Qué pasa?
—Hoy vino una mujer al colegio.
Laura se giró.
—¿Una profesora nueva?
—No.
Daniel sacó un papel del bolsillo.
—Dijo que trabaja con familias.
Laura tomó el documento.
Era una autorización para una entrevista psicológica.
—¿Por qué quieren hablar contigo?
Daniel se encogió de hombros.
—Dice que es por una actividad sobre familias separadas.
Laura leyó el documento otra vez.
Había algo que no le gustaba.
No aparecía claramente el nombre del profesional.
Tampoco explicaba quién había solicitado la entrevista.
—¿Te preguntaron algo?
—Sí.
—¿Qué?
Daniel tardó en responder.
—Me preguntaron por Marcos.
Laura dejó el papel sobre la encimera.
—¿Qué te preguntaron exactamente?
—Si todavía lo veo.
—¿Y qué dijiste?
—Que sí.
—¿Preguntaron por Hugo y Candela?
Daniel asintió.
—Y por ti.
Laura sintió una pequeña alarma.
—¿Qué querían saber de mí?
—Si estabas enfadada con Marcos.
—¿Y qué dijiste?
Daniel sonrió ligeramente.
—Que a veces.
Laura no sonrió.
—¿Te preguntaron dónde vivimos?
Daniel levantó la mirada.
—Sí.
El silencio cambió de forma.
—¿Qué respondiste?
—Nada.
Laura se acercó y lo abrazó.
—Hiciste muy bien.
Aquella misma noche llamó a Irene Salvatierra.
La abogada escuchó todo sin interrumpir.
—No firmes nada hasta saber quién ha solicitado esa entrevista.
—Eso pensaba.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
—¿Marcos sabía que la iban a hacer?
Laura sintió un escalofrío.
—No lo sé.
Al día siguiente, Laura habló con el colegio.
La orientadora aseguró que se trataba de una evaluación rutinaria.
Pero cuando Laura pidió el expediente completo, apareció una anomalía.
La solicitud no procedía del colegio.
Había sido presentada por una asociación externa.
Fundación Horizonte Familiar.
Laura reconoció el nombre.