PARTE 5 Llevé a mi recién nacida a conocer al abuelo que me crió y la manta se movió mostrando sus ojos diferentes. Él sonreía con la cuna y tembló al ver ese rasgo de 30 años. Un hombre en la puerta dijo: “Si nace otro Salvatierra con el rasgo de Héctor, sabremos exactamente dónde buscar”. No lloré, abrí la caja de mi madre con las cuatro cintas de su accidente.
Contó que había empezado a investigar a su propia familia después de encontrar documentos relacionados con la empresa.
Descubrió que su tío Fernando había utilizado sociedades pantalla durante años.
Descubrió que su madre había mantenido contacto con una de ellas.
Descubrió que Julián Ortega había conservado pruebas.
Y descubrió que su padre, Héctor, había intentado proteger a Elena.
Pero había algo que nunca había entendido.
El accidente.
—Julián me dijo que tu madre estaba a punto de entregar las pruebas a un fiscal.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque murió antes.
—¿Quién lo mató?
Adrián negó.
—No lo sé.
—¿Y mi padre?
—Tu padre llegó a saber que había peligro.
—Entonces ¿por qué viajaron?
Adrián miró a Ramón.
El anciano bajó la cabeza.
—Porque Sergio quería llevar a Elena lejos de Salamanca durante unos días.
—¿De quién huían?
Adrián respondió:
—De alguien que conocían.
Lucía miró a Héctor.
—¿Quién?
Nadie respondió.
Entonces Adrián sacó su teléfono.
Abrió una fotografía.
Era una imagen tomada en la gasolinera donde Elena y Sergio habían parado antes del accidente.
Se veía su coche.
Y detrás, otro vehículo.
Una furgoneta blanca.
—La encontré hace 4 meses.
Lucía acercó el teléfono.
—¿Quién conducía?
—No lo sabemos.
—¿La matrícula?
Adrián amplió la fotografía.
La matrícula aparecía parcialmente.
Suficiente para identificar el vehículo.
Lucía levantó la mirada.
—¿Y qué pasó con esa furgoneta?
Adrián tragó saliva.
—Fue registrada a nombre de una empresa.
—¿Cuál?
Adrián deslizó el dedo.
Apareció el nombre.
«Transportes Ortega y Asociados».
Lucía se quedó helada.
—Julián.
—Sí.
—Entonces él estaba detrás.
—No necesariamente.
Adrián amplió otra imagen.
El propietario de la empresa había cambiado.
Un mes después del accidente.
Y el nuevo propietario era…
Fernando Salvatierra.
Ramón cerró los ojos.
Durante 30 años había protegido a Lucía de una verdad.
Ahora esa verdad estaba sentada frente a ellos.
Y tenía un nombre.
Fernando.
Pero entonces Lucía vio algo que ninguno había notado.
En la esquina de la fotografía había una persona saliendo de la furgoneta.
Una mujer.
Lucía amplió la imagen.
Se quedó sin respiración.
—No.
Adrián miró la pantalla.
Héctor se acercó.
Ramón también.
Los 4 reconocieron el rostro.
Era la madre de Adrián.
La mujer que durante años había sido presentada como una víctima más de la familia Salvatierra.
La mujer que había recibido la noticia de la desaparición de Héctor.
La mujer que había criado a Adrián.
Y la mujer que, según los documentos, había afirmado no conocer jamás a Elena.
Lucía dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—Entonces hemos estado buscando al hombre equivocado.
Adrián negó.
—No.
Lucía lo miró.
—¿Qué quieres decir?
Adrián señaló la fotografía.
—Ella estaba allí.
Hizo una pausa.
—Pero no estaba sola.
En la ampliación, detrás de la mujer, podía distinguirse otra silueta.
Un hombre.
Más joven.
Y aunque el rostro estaba parcialmente oculto, Adrián lo reconoció.
Se puso de pie.
—Ese hombre…
Héctor miró la imagen.
Su rostro perdió todo color.
—No.
Ramón preguntó:
—¿Quién es?
Héctor tardó varios segundos en responder.
—Mi hermano Fernando.
Lucía sintió que Vega se movía entre sus brazos.
La niña abrió los ojos.
Uno verde.
Otro marrón.
Los mismos ojos que habían hecho temblar a Ramón el día que nació.
Pero ahora Lucía entendía por qué.
No eran una advertencia.
Eran una pista.
Y después de 30 años, la verdad acababa de encontrar la manera de volver a casa.