PARTE 4 Llevé a mi recién nacida a conocer al abuelo que me crió y la manta se movió mostrando sus ojos diferentes. Él sonreía con la cuna y tembló al ver ese rasgo de 30 años. Un hombre en la puerta dijo: “Si nace otro Salvatierra con el rasgo de Héctor, sabremos exactamente dónde buscar”. No lloré, abrí la caja de mi madre con las cuatro cintas de su accidente.

Chapter 4 / 5

La fiesta de cumpleaños terminó al anochecer.

Los invitados se fueron poco a poco.

Héctor cargó las sillas.

Adrián recogió los platos.

Ramón guardó las sobras.

Y Lucía llevó a Vega a su habitación.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella casa parecía tranquila.

Pero cuando Lucía bajó a la cocina, encontró a Ramón sentado frente a la caja metálica.

Tenía una de las cintas antiguas en la mano.

—¿Qué ocurre?

Ramón levantó la mirada.

—Hay algo que nunca te conté.

Lucía soltó el aire lentamente.

—Eso empieza a convertirse en una costumbre.

Ramón aceptó el golpe.

—Lo sé.

Colocó la cinta sobre la mesa.

—Tu madre dejó 4 grabaciones.

—Ya escuchamos 3.

—No.

Lucía frunció el ceño.

—Pensaba que eran 4.

—Encontré esta última hace 2 días.

—¿Dónde?

Ramón señaló el interior de la vieja caja.

—Estaba pegada debajo de la tapa.

Lucía se sentó.

—¿Por qué no me la diste antes?

—Porque necesitaba saber si podía soportar escucharla.

Lucía miró la cinta.

—Y ahora…

—Ahora creo que tú debes decidir.

Lucía introdujo la cinta en el reproductor antiguo.

Durante varios segundos solo se escuchó estática.

Después apareció la voz de Elena.

Más joven.

Más firme.

Y aterrada.

«Ramón, si estás escuchando esto, significa que no pude entregarte los documentos.»

Lucía cerró los ojos.

Era la voz de su madre.

Una voz que solo conocía por grabaciones familiares y recuerdos demasiado borrosos.

«Fernando no actuó solo.»

Ramón miró a Lucía.

La grabación continuó.

«Héctor sabe que hay dinero. Pero no sabe que encontré los contratos que demuestran quién ordenó las transferencias.»

Se escuchó una respiración.

«El problema es que también encontré algo relacionado con el accidente.»

Lucía abrió los ojos.

Ramón se quedó inmóvil.

«El taller recibió el coche 2 días antes de que nos fuéramos a Ávila. Había una pieza defectuosa que podía provocar una pérdida de control. El mecánico dijo que la pieza había sido cambiada recientemente.»

Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

«No sé quién lo hizo. Pero alguien quería que pareciera un accidente.»

La cinta se interrumpió.

Luego volvió a escucharse.

«Y hay una cosa más.»

Silencio.

«Sergio lo sabe.»

Lucía se levantó.

—¿Mi padre?

Ramón no respondió.

La voz de Elena continuó:

«Sergio me dijo que había encontrado al hombre que podía explicar quién estaba detrás de todo. Se llama Julián Ortega.»

Lucía repitió el nombre.

—Julián Ortega.

Ramón asintió lentamente.

—Era el dueño del taller.

—¿Está vivo?

—No lo sé.

La grabación terminó.

Lucía miró a su abuelo.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

Ramón tardó en contestar.

—Porque después del accidente alguien vino a verme.

—¿Quién?

—Un hombre.

—¿Fernando?

—No.

Ramón bajó la voz.

—Julián Ortega.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué quería?

—Me dijo que el accidente había sido provocado.

—Entonces él sabía la verdad.

—Sí.

—¿Y qué más?

Ramón apretó las manos.

—Me dijo que Sergio había descubierto algo antes de morir.

—¿Qué?

—Que el dinero que Fernando estaba desviando no era suyo.

Lucía se quedó callada.

—¿De quién era?

Ramón miró hacia la puerta.

—De una empresa extranjera.

—Eso no tiene sentido.

—Eso pensé yo.

—¿Y luego?

—Julián desapareció.

La puerta de la cocina se abrió.

Héctor estaba allí.

Había escuchado la última parte.

—No desapareció.

Lucía se giró.

—¿Qué quieres decir?

Héctor dejó una carpeta sobre la mesa.

—Murió hace 6 años.

Lucía lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque fui a su funeral.

Ramón palideció.

—¿Tú?

—Sí.

—Nunca me lo dijiste.

—Porque no sabía que Elena había grabado esto.

Héctor abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, informes y una copia de una esquela.

Julián Ortega.

Fallecido a los 71 años.

Pero había algo más.

Una fotografía tomada pocos días antes de su muerte.

En ella aparecía Julián sentado en una cafetería.

Frente a él estaba un hombre más joven.

Lucía lo reconoció inmediatamente.

—Adrián.

Héctor cerró los ojos.

—Sí.

Lucía se levantó.

—¿Mi pareja se reunió con el hombre que estaba relacionado con la investigación de mi madre?

—No fue una reunión casual.

—Entonces explícame.

Héctor sacó otra fotografía.

—Adrián encontró a Julián hace 2 años.

Lucía sintió que le faltaba el aire.

—Antes de conocerme.

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijo?

Héctor no respondió.

La respuesta llegó sola.

Porque Adrián había estado investigando.

Pero entonces apareció otra pregunta.

—¿Qué buscaba?

Héctor miró a Ramón.

—La verdad sobre su padre.

Ramón golpeó la mesa.

—¡No!

—¿Qué?

—Adrián no buscaba a Héctor.

Lucía se quedó inmóvil.

Ramón abrió la carpeta de Elena y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Sergio.

A su lado estaba Julián Ortega.

Y entre ambos había una tercera persona.

Una mujer.

Lucía acercó la fotografía a la luz.

La reconoció.

—Mercedes.

Héctor palideció.

—No puede ser.

Ramón negó lentamente.

—Tu madre me dijo que Mercedes la visitó una semana antes del accidente.

Lucía dejó caer la fotografía sobre la mesa.

—¿La conocía?

—Sí.

—¿Por qué?

Ramón tragó saliva.

—Porque Mercedes trabajaba para una empresa que había sido proveedora de los Salvatierra.

Lucía sintió que todas las piezas comenzaban a encajar.

Pero había una pieza que no comprendía.

—¿Qué tiene que ver Adrián?

Héctor tomó aire.

—Tu madre descubrió algo que Fernando no quería que saliera a la luz.

—¿Qué?

—Que alguien dentro de la familia estaba filtrando información.

—¿Quién?

Héctor miró a Lucía.

—Mi esposa.

El silencio fue absoluto.

—La madre de Adrián.

Lucía retrocedió.

—¿Estás diciendo que la madre de Adrián ayudaba a Fernando?

—No sé hasta qué punto.

—Pero acabas de decirlo.

—Digo que había comunicaciones entre ella y una de las sociedades investigadas.

Lucía negó.

—Entonces Adrián no desapareció solamente porque estaba asustado.

Héctor la miró.

—No.

—¿Qué ocurrió realmente?

Héctor sacó un documento.

—Adrián descubrió las mismas comunicaciones hace 1 año.

Lucía sintió un vacío en el estómago.

—Y por eso desapareció.

—En parte.

—¿Qué significa “en parte”?

Héctor tardó unos segundos.

—Porque alguien intentó matarlo.

La habitación quedó congelada.

—¿Cuándo?

—Hace 8 meses.

—¿Y tú lo sabías?

—Sí.

—¿Y aun así no me avisaste?

—Adrián me pidió que no lo hiciera.

Lucía cerró los ojos.

—Otra vez.

Ramón se levantó.

—Lucía…

—¡Otra vez decidieron por mí!

Su voz hizo llorar a Vega desde la habitación.

Lucía corrió inmediatamente hacia ella.

La cogió en brazos.

La niña dejó de llorar al sentirla.

Cuando volvió a la cocina, su expresión había cambiado.

Ya no era miedo.

Era determinación.

—Quiero todos los documentos.

Héctor asintió.

—Los tendrás.

—Y quiero hablar con Adrián.

—Está en Madrid.

Lucía miró el reloj.

—Entonces que venga.

Esa misma noche Adrián llegó.

Entró en la casa sin intentar abrazarla.

Se quedó de pie junto a la puerta.

—Lo siento.

Lucía sostuvo a Vega.

—No quiero disculpas.

—Lo sé.

—Quiero la verdad.

Adrián asintió.

—Toda.

Se sentó.

Durante casi 2 horas habló.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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Story

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