PARTE 2 Llevé a mi recién nacida a conocer al abuelo que me crió y la manta se movió mostrando sus ojos diferentes. Él sonreía con la cuna y tembló al ver ese rasgo de 30 años. Un hombre en la puerta dijo: “Si nace otro Salvatierra con el rasgo de Héctor, sabremos exactamente dónde buscar”. No lloré, abrí la caja de mi madre con las cuatro cintas de su accidente.
Ramón colocó a Vega en la cuna portátil y extendió sobre la mesa varias cartas antiguas.
Todas estaban firmadas por Héctor Salvatierra.
El mismo apellido de Adrián.
—¿Quién era? —preguntó Lucía.
—El hombre que intentó salvar a tu madre.
Elena había trabajado como asesora administrativa para un grupo familiar de transporte dirigido por los hermanos Salvatierra. Allí descubrió movimientos económicos que no cuadraban y comenzó a guardar copias.
Una fotografía mostraba a Elena junto a un hombre joven de ojos diferentes, uno claro y otro oscuro.
En el reverso podía leerse:
“Si me ocurre algo, protege a Elena y a la niña.”
Lucía miró a Vega.
—¿Somos familia de Adrián?
—No. Tu madre no tenía sangre Salvatierra.
Ramón explicó que Elena se había convertido en testigo de una guerra empresarial que podía perjudicar a personas muy poderosas.
Después del accidente, Ramón recibió una última carta y escondió todo.
—Prometí mantenerte fuera de aquello.
—Y Adrián entró en mi vida.
Ramón no respondió.
Un coche se detuvo frente a la vivienda.
Los 2 miraron hacia la ventana.
Un hombre de unos 60 años bajó lentamente.
Ramón palideció.
Cogió una fotografía.
Lucía comparó el rostro antiguo con el hombre del jardín.
Era él.
—Héctor Salvatierra —susurró Ramón.
—¿El padre de Adrián?
Ramón asintió.
—Durante casi 30 años todos creímos que había desaparecido para siempre.
Sonaron 3 golpes en la puerta.
Y Héctor dijo desde fuera:
—Ramón, sé que la niña ha nacido. Tenemos que hablar antes de que ellos descubran que existe.