PARTE 2 Llevé a mi hija a la mansión y vi al mayordomo echar un polvo en la copa del jefe. Él servía sonriendo mientras el dueño se ahogaba en el suelo y a mí me miraban como la madre de la empleada. Leí en su móvil: “Que parezca accidente.” No grité, le clavé mi último autoinyector. Ya habían escondido el mismo sobre en el carro de mi hija para culparla.
Mientras Gabriel permanecía ingresado, Rafael ordenó revisar cámaras, cocinas y pertenencias del personal.
En medio del caos, Mercedes volvió a ver a Esteban cerca del carro de limpieza de Irene.
El mayordomo se inclinó apenas unos segundos.
Después se marchó.
10 minutos más tarde, un vigilante encontró dentro del carro un sobre blanco con restos de polvo.
Todas las miradas se clavaron en Irene.
—Eso no es mío —dijo ella, pálida.
Esteban fingió defenderla.
—Seguro que existe una explicación. Irene siempre ha sido una empleada excelente.
Mercedes sintió un escalofrío.
Sonaba demasiado perfecto.
—Yo vi a Esteban junto al carro —dijo.
El mayordomo la miró con una sonrisa condescendiente.
—Señora Mercedes, con todo respeto, quizá se ha confundido.
Rafael no acusó a nadie.
Envió el sobre, la copa y la botella al laboratorio.
Horas después llegó el informe médico: Gabriel había sufrido una reacción anafiláctica provocada por una sustancia introducida deliberadamente en su bebida.
Y había recuperado la consciencia.
Rafael fue al hospital.
Gabriel escuchó todo y solo dio una orden:
—Revisa las cámaras desde primera hora. No busques únicamente quién tocó mi copa. Quiero saber quién tocó cada cosa que llegó hasta ella.
Aquella misma noche, Esteban recibió un mensaje.
“¿Está resuelto?”
Respondió:
“No.”
El remitente figuraba guardado con una sola inicial.
“R”.
Pero Esteban ignoraba algo.
Gabriel acababa de pedir también revisar los accesos al despacho de las últimas 6 semanas.
Y una de aquellas grabaciones mostraba entrando de madrugada a alguien que jamás debería haber estado allí.
Su primo Rodrigo Montenegro.