PARTE 2 La correa del féretro de mi mujer se rompió en el cementerio y la tapa se abrió. Todos lloraban por enterrarla rápido mientras sus dedos se movían dentro de la caja. Mi cuñada me susurró: “Cuanto antes terminemos, menos sufrirá tu hija”. No cerré la caja, llamé a una ambulancia y entonces vi la memoria USB que mi mujer había escondido.
Lucía fue trasladada a otro hospital.
El especialista fue tajante:
—No hay ningún milagro. Su esposa presenta pulso, respiración espontánea y signos compatibles con una fuerte sedación. Hay que explicar quién certificó su fallecimiento.
Horas después, Lucía abrió los ojos.
—Consuelo… —susurró.
Álvaro entendió inmediatamente.
—La traeré.
Mientras tanto llegó un correo programado por Lucía al abogado de la empresa. Antes de quedar incapacitada había descubierto contratos inflados por 4.600.000 €, proveedores vinculados y comisiones sospechosas.
2 nombres aparecían repetidamente: Irene y Beatriz.
Álvaro regresó a casa dispuesto a exigir explicaciones.
Carmen lo esperaba llorando.
—Yo sabía que querían dormir a Lucía unas horas para entrar en su ordenador.
Álvaro sintió que el aire desaparecía.
—¿Y no me avisaste?
—Beatriz juró que nadie saldría perjudicado. Irene estaba aterrada. Pensé que podían arreglarlo entre nosotros.
—¿Arreglar qué?
Carmen bajó la cabeza.
—Lo de la empresa.
Álvaro comprendió entonces que durante años había cometido el mismo error: confundir proteger a su familia con impedir que respondiera por sus actos.
Pero Carmen todavía no había confesado lo peor.
La noche en que Lucía cayó inconsciente, ella había encontrado algo junto a la taza de té.
Y lo había tirado a la basura.