PARTE 2 Abrí con una llave copiada el piso de mi hijo en Ruzafa para pillar a mi nuera. En su cama estaba mi marido de 36 años con otra mujer con la camisa que yo le regalé. Dijo: “A su edad no sabrá defenderse.” No grité, dejé la grabadora sobre la cómoda y al salir encontré los poderes que firmé sin gafas mientras hacía la paella.
Adela se reunió con Nuria en una cafetería cercana al Mercado de Colón. Colocó sobre la mesa la llave clandestina y confesó todo.
—El hombre del hotel era mi hermano —explicó Nuria—. Vino desde Zaragoza para ayudarme con una boda.
Adela bajó la mirada. Había sospechado de la persona equivocada mientras su marido utilizaba la casa de Sergio para engañarlas a ambas.
Nuria estaba furiosa al saber que su suegra había revisado sus cajones.
—Creía que cuidar de Sergio me daba derecho a entrar.
—No era cuidado. Era control.
—Tienes razón.
Regresaron juntas al piso.
Mateo aseguró ante Sergio que Adela había confundido a Celia con una amante y que Nuria había aprovechado el malentendido para enfrentarlos.
—Te di la oportunidad de decir la verdad —respondió Adela.
Reprodujo el audio.
Primero se oyó a Mateo burlándose de la confianza de su hijo. Después, la voz de Celia preguntó cuándo podrían marcharse juntos.
—En cuanto venda la imprenta de Adela —respondía él—. Firmó los poderes sin leerlos. Cree que eran documentos para renovar el seguro.
Sergio se quedó pálido.
La imprenta Ferrer llevaba 48 años en la familia y Adela había trabajado allí desde los 19.
—¿Has vendido el negocio del abuelo? —preguntó.
Mateo intentó arrebatarle el teléfono, pero Nuria lo apartó.
Entonces la grabación reveló algo peor:
—Cuando reciba el dinero, Adela pensará que la imprenta quebró. A su edad no sabrá defenderse.
Adela miró al hombre con quien había compartido 36 años.
Ya no estaba descubriendo una infidelidad.
Estaba escuchando el plan con el que su marido pretendía dejarla sin pasado, sin trabajo y sin futuro.