PARTE 1 Volví y oí a mi hija reír después de dos años en silencio. Bailaba con el hijo de la empleada mientras mi madre dijo: “¿Qué hace el hijo de una empleada jugando con mi nieta?”. No la despedí, investigué quién era Marta y por qué dejó la música. La encontré en un albergue, pero en su guitarra había un broche ajeno y una carta que mi madre escondió.

Chapter 1 / 5

Cuando Adrián Valverde entró en su casa de Pozuelo de Alarcón y oyó reír a su hija, pensó que estaba escuchando un recuerdo.

Claudia no se reía así desde hacía casi 2 años.

Desde que su madre, Elena, había fallecido tras una larga enfermedad, la niña de 7 años hablaba poco, evitaba jugar y pasaba horas mirando por la ventana. Adrián había pagado especialistas, viajes, actividades y tratamientos. Nada parecía llegar hasta ella.

Aquella tarde regresaba agotado de las oficinas del grupo hotelero Valverde cuando escuchó una guitarra en el salón.

Se acercó despacio.

Y se quedó inmóvil.

Sentada en un extremo del sofá estaba Marta Serrano, la empleada doméstica contratada 1 mes antes. Sostenía una guitarra antigua y tocaba con una delicadeza que no encajaba con la imagen que Adrián tenía de una mujer que pasaba las mañanas limpiando habitaciones.

Pero lo verdaderamente imposible estaba delante de ella.

Claudia bailaba descalza sobre la alfombra agarrada de las manos de un niño de unos 8 años.

—¡Otra vez, Leo! —gritó entre risas.

Adrián tuvo que apoyarse en la puerta.

Marta dejó de tocar al verlo.

El niño soltó inmediatamente a Claudia.

—Señor Valverde, puedo explicarlo —dijo ella, pálida—. Leo es mi hijo. La persona que lo cuidaba tuvo una urgencia y no tenía dónde dejarlo. Sé que no debía traerlo. No volverá a pasar.

Adrián apenas la escuchaba.

Miraba a Claudia.

—Papá —dijo la niña—, Leo sabe bailar fatal.

—Tú peor —protestó el niño.

Claudia volvió a reír.

Adrián sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Entonces apareció Mercedes Valverde, su madre.

La mujer recorrió la escena con una mirada helada.

—¿Qué hace el hijo de una empleada jugando con mi nieta?

Claudia se escondió detrás de Leo.

—Es mi amigo.

Mercedes apretó los labios.

—Marta fue contratada para trabajar. No para traer a su familia ni convertir esta casa en una guardería.

Leo bajó la cabeza.

Después dijo:

—Solo quería que Claudia estuviera menos triste.

Mercedes lo miró con dureza.

—Mañana hablaremos de las condiciones de tu empleo, Marta.

Adrián intervino.

—No vas a despedirla.

—Eso ya lo veremos.

Mercedes salió del salón.

Aquella noche Claudia pidió que Leo regresara al día siguiente.

—Él también perdió a su papá —susurró antes de quedarse dormida—. Dice que cuando alguien está triste no hay que preguntarle tanto. Solo quedarse.

Adrián permaneció sentado junto a su cama.

Horas después llamó a su hombre de confianza, Samuel Ortega.

—Quiero que averigües quién era Marta Serrano antes de trabajar aquí.

Al día siguiente Samuel apareció con una carpeta.

Adrián esperaba encontrar una historia sencilla.

Cuando leyó la primera página, dejó de respirar.

Marta Serrano no siempre había limpiado casas.

Había sido una de las guitarristas jóvenes más prometedoras de España.

Y el motivo por el que había perdido su carrera estaba relacionado directamente con la familia Valverde.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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Story

Volví para los 81 de mi padre y lo hallé con chaqueta a 34 grados, sudando y aterrado. Mi hermano decía que era confusión; él se encogía cada vez que movían una silla. En su móvil leí: “Si Clara descubre lo que ocurrió con su madre, Mercedes caerá con nosotros”. No grité, fotografié y abrí la taquilla 308: había una cinta de mi madre y “Su verdadero padre, Esteban”. PARTE 1 El grito de Julián Valcárcel atravesó la casa cuando su hija intentó quitarle la chaqueta, aunque fuera hacía 34 grados. Clara se quedó paralizada con una mano sobre el primer botón. Había regresado a Valencia para celebrar los 81 años de su padre y esperaba encontrar al hombre orgulloso que todavía discutía con los vecinos sobre quién cultivaba los mejores tomates. En cambio, lo encontró encogido en un sillón, con las persianas bajadas y una chaqueta de pana abrochada hasta el cuello. —Por favor, hija… no me la quites. —Papá, estás empapado de sudor. —No importa. Déjala puesta. Antes de que Clara pudiera preguntar nada más, su hermano Álvaro apareció desde el pasillo. Llevaba un reloj nuevo y esa sonrisa serena que utilizaba cuando quería controlar una conversación. —Últimamente se altera por cualquier cosa —explicó—. El neurólogo dice que son episodios de confusión. Su esposa, Nuria, dejó una bandeja sobre la mesa. —Lo cuidamos día y noche, pero luego viene alguien de visita y parece que los malos somos nosotros. Clara no respondió. Trabajaba como inspectora de Hacienda en Madrid y llevaba años descubriendo fraudes escondidos detrás de documentos impecables. Las mentiras más peligrosas no solían sonar absurdas; parecían perfectamente preparadas. Durante la comida, Álvaro contó que Julián olvidaba nombres, acusaba a los vecinos de entrar en casa y se negaba a tomar la medicación. Nuria añadió que incluso se había hecho daño solo para llamar la atención. Julián no levantó la mirada del plato. Cada vez que su hijo movía una silla, sus hombros se tensaban. Cuando Nuria le puso 2 comprimidos junto al vaso, él los tragó sin preguntar. Después miró a Clara con una súplica silenciosa. Aquello no era desorientación. Era miedo. Esa noche, mientras Álvaro atendía una llamada en la terraza y Nuria bajaba al garaje, Clara acompañó a su padre al baño. Abrió el grifo para disimular sus voces y cerró la puerta. Julián retrocedió aterrorizado. —No eches el pestillo. Si Álvaro lo encuentra cerrado, se enfadará. Clara le tomó las manos. —Mírame, papá. Nadie va a entrar. Desabrochó la chaqueta muy despacio. Cuando la tela cayó de sus hombros, sintió que le faltaba el aire. Había manchas oscuras sobre sus costillas, marcas rojizas alrededor de las muñecas y una herida mal curada bajo el omóplato. Su piel frágil mostraba señales que ningún tropiezo podía explicar. —¿Quién te ha hecho esto? Julián apretó los labios hasta que comenzaron a temblarle. —Álvaro me ata a la cama cuando pregunto por mis cuentas. Nuria me golpea si me niego a firmar. Vendieron el apartamento de Dénia y cambiaron mi testamento. —¿Por qué no me llamaste? —Lo intenté 3 veces. Rompieron mi móvil. Después dijeron que tú habías contestado que no querías cargar con un viejo. Clara fotografió cada lesión y activó una grabación. —Voy a sacarte de aquí. —No sabes quién los protege —susurró Julián—. Hay una jueza que conoce todos tus expedientes. Si denuncias, destruirá las pruebas antes de que amanezca. En ese instante, Nuria golpeó la puerta. —¿Todo bien ahí dentro? Julián perdió el color. Clara respondió con una tranquilidad que ni ella misma sentía. —Sí, papá se ha mareado. Cuando los pasos se alejaron, llamó a la magistrada Mercedes Roldán, la mujer que había impulsado su carrera años atrás. —Necesito protección urgente para mi padre. Al otro lado hubo un breve silencio. —Clara, no avises a la Policía Local —contestó Mercedes—. Y, sobre todo, no dejes que Álvaro salga de la casa. Clara sintió un escalofrío. Ella todavía no había mencionado el nombre de su hermano. ———————————————- Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento. He dejado la Parte 2 en el primer comentario fijado.