PARTE 1 Llevé a mi hija a la mansión y vi al mayordomo echar un polvo en la copa del jefe. Él servía sonriendo mientras el dueño se ahogaba en el suelo y a mí me miraban como la madre de la empleada. Leí en su móvil: “Que parezca accidente.” No grité, le clavé mi último autoinyector. Ya habían escondido el mismo sobre en el carro de mi hija para culparla.

Chapter 1 / 5

—¡No lo toque nadie! ¡Ese hombre no se está atragantando, está entrando en una reacción alérgica gravísima!

La voz de Mercedes Roldán, una jubilada de 71 años a la que casi todos en aquella mansión habían tratado como “la madre de la empleada”, fue la única que no tembló cuando Gabriel Montenegro cayó al suelo de su despacho intentando respirar.

Mercedes abrió su bolso y sacó el último autoinyector de adrenalina que llevaba consigo.

Era suyo.

Lo necesitaba porque padecía una alergia severa y el médico le había advertido que jamás debía salir sin él.

Aun así, no dudó.

—Mamá, es el último —susurró su hija Irene, aterrada.

Mercedes miró al empresario, cuyo rostro comenzaba a hincharse.

—Entonces tendrá que servirle a él.

Presionó el dispositivo contra la parte exterior del muslo de Gabriel.

El clic se escuchó en todo el despacho.

Nadie imaginaba que aquel pequeño gesto iba a destapar una traición dentro de la propia familia Montenegro.

Todo había empezado aquella mañana en una finca señorial de Dos Hermanas, a pocos kilómetros de Sevilla.

Gabriel Montenegro, de 52 años, era propietario de una de las mayores empresas agroalimentarias de Andalucía. Había construido una fortuna exportando aceite, cítricos y productos gourmet, aunque en los últimos años se había convertido en un hombre distante.

Su esposa, Adriana, había fallecido 6 años antes.

Desde entonces, Gabriel se refugió en el trabajo.

Irene Roldán llevaba 9 años encargándose de parte de la limpieza y organización de la casa. Aquella mañana no tenía con quién dejar a Mercedes, por lo que pidió permiso para llevarla unas horas.

Mercedes había trabajado 35 años como enfermera.

Se jubiló con una pensión modesta, una artrosis que le dificultaba caminar y una alergia grave a determinados frutos secos.

Nada más llegar a la finca observó algo extraño.

Esteban Lora, el mayordomo de confianza de Gabriel, caminaba hacia el despacho con una bandeja.

Encima llevaba una botella de vino y 2 copas.

Antes de doblar el pasillo, miró hacia ambos lados.

Después sacó un pequeño sobre blanco del bolsillo.

Mercedes no consiguió ver qué contenía.

Solo observó cómo Esteban manipulaba una de las copas antes de continuar.

Podría haber sido cualquier cosa.

No dijo nada.

Minutos después, Gabriel tomó un sorbo.

Primero se llevó la mano al cuello.

Después intentó levantarse.

La copa cayó al suelo.

Cuando Mercedes llegó hasta él, apenas podía respirar.

El autoinyector frenó lo peor hasta que apareció la ambulancia.

Un médico miró a Mercedes antes de subir a Gabriel a la camilla.

—Si hubiera tardado 3 minutos más, quizá no habríamos llegado a tiempo.

Mercedes no respondió.

Solo observó el vino derramado sobre la alfombra.

Entonces apareció Rafael Núñez, jefe de seguridad de la finca.

—Nadie toca esa copa. Nadie toca la botella. Y nadie sale de la casa hasta que sepamos qué ha ocurrido.

Esteban se quedó inmóvil detrás de todos.

Parecía preocupado.

Pero Mercedes lo vio apretar la mandíbula.

Y cuando sus miradas se cruzaron, la anciana comprendió algo inquietante.

Aquel hombre no estaba asustado por Gabriel.

Estaba asustado porque Gabriel seguía vivo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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