PARTE 2 Volví al pueblo después de 13 años a por mis padres y los hallé tras un candado por fuera, sobre un colchón fino, mientras mi hermana vivía en la casa nueva que pagué. Mi cuñado me soltó: ‘Mandar dinero no te convierte en buen hijo’. No grité, rompí el candado, grabé todo y denuncié. Entonces mi madre me confesó que mi hermana firmó para quitarles la casa.
Adrián cruzó la calle y entró en la vivienda que había pagado para sus padres. Elena palideció al verlo. Sobre una mesa encontró una carpeta con cesiones de propiedad, poderes notariales y la firma de su hermana como testigo.
—Ramiro dijo que era para protegerlos —balbuceó ella—. Yo no sabía que los encerraría.
—Pero supiste que vivían allí durante 2 años.
Ramiro apareció con una taza de café y una sonrisa serena. Afirmó que Julián se desorientaba y que el candado era una medida de seguridad. Después atacó donde más dolía.
—Tú desapareciste 13 años. Mandar dinero no te convierte en buen hijo.
Adrián aceptó el golpe sin levantar la voz.
—Tienes razón. Llegué tarde. Pero ya estoy aquí.
Recogió su teléfono. La conversación entera había quedado grabada.
Ramiro dejó de sonreír.
Esa tarde, el abogado de Adrián encontró firmas incompatibles, un número de protocolo irregular y varias ventas gestionadas por Ramiro en nombre de ancianos del pueblo. Un vecino conservaba además una carta que Mercedes había deslizado entre las tablas 14 meses antes: “Estamos encerrados. Ven, por favor”.
Cuando Adrián creyó tener suficiente para denunciarlo, Julián confesó algo peor: Ramiro había usado su identidad como aval en negocios ajenos.
Entonces Elena apareció de noche con el móvil entre las manos.
—Guardé pruebas durante 2 años —dijo—. Pero no son solo mensajes de Ramiro. Hay transferencias hechas desde mi cuenta.