PARTE 4 Una niña de 8 años embarrada golpeó mi caserío en Asturias: su madre estaba tirada en el bosque sin oírla. En el alambre encontré su colgante perdido grabado a navaja: “La próxima puerta no podrá protegerlas”. No pregunté, cerré el puño y puse la clave de 2 y 3 golpes antes de ir a Oviedo a abrir la caja de su marido con el mapa del litio.

Chapter 4 / 5

Durante las semanas siguientes, la investigación contra Esteban Luarca comenzó a revelar algo mucho más grande de lo que Héctor había imaginado.

No había comprado terrenos solamente en aquella comarca.

Había creado una red.

Empresas que cambiaban de nombre cada pocos años. Sociedades registradas a nombre de empleados que nunca habían visto un contrato. Préstamos concedidos entre compañías que pertenecían al mismo grupo. Y, sobre todo, pequeñas propiedades rurales adquiridas por cantidades ridículas después de que sus propietarios recibieran inspecciones, amenazas o falsas reclamaciones de deudas.

Pero había una persona que todavía no aparecía en ningún documento.

Adrián Cifuentes.

El marido de Laura.

El hombre que había descubierto el yacimiento.

La capitana Elisa Prado estaba revisando los archivos cuando encontró una anomalía.

—Héctor, ven a ver esto.

Sobre la mesa había un expediente antiguo.

—¿Qué es?

—La enfermedad de Adrián.

Héctor frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver con Esteban?

—Todavía no lo sé.

El informe médico indicaba que Adrián había fallecido después de una rápida enfermedad degenerativa. Sin embargo, las primeras pruebas realizadas meses antes no mostraban exactamente el mismo cuadro.

Elisa señaló una fecha.

—3 días antes de que Adrián ingresara en el hospital, pidió una consulta privada.

—¿Con quién?

—Un toxicólogo.

Héctor sintió un escalofrío.

—¿Crees que lo envenenaron?

—No puedo afirmarlo. Pero el médico dejó una nota.

Elisa sacó una copia.

Solo contenía 1 frase:

“Si vuelvo a empeorar después de esta visita, busquen a Esteban Luarca.”

Héctor salió del despacho sin decir nada.

Encontró a Laura en el comedor del caserío.

—Tenemos que hablar de Adrián.

Ella dejó inmediatamente lo que estaba haciendo.

—¿Qué ha pasado?

Héctor le enseñó la copia.

Laura palideció.

—Nunca vi esto.

—¿Sabías que había visitado a un toxicólogo?

—No.

—¿Qué te dijo sobre su enfermedad?

Laura tardó unos segundos.

—Que los médicos no estaban seguros de la causa exacta. Que algunos análisis eran extraños.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque pensé que ya tenías suficiente con lo de Esteban.

Laura se sentó.

—Además, Adrián me pidió que no investigara.

Héctor la miró.

—¿Te dijo por qué?

—Solo una cosa.

—¿Cuál?

Laura levantó los ojos.

—“Si Esteban descubre que sospechamos, no van a ir contra mí. Van a ir contra Nora.”

El silencio llenó la habitación.

Nora estaba en el jardín.

Jugaba con Rayo.

No sabía que la historia de su padre todavía podía cambiarlo todo.

Esa misma tarde, Elisa consiguió localizar al toxicólogo.

Se llamaba Álvaro Nistal.

Había abandonado Asturias 3 años antes y ahora trabajaba en una clínica de León.

Aceptó hablar.

Cuando Héctor y Laura llegaron, el médico sacó una carpeta.

—Adrián vino a verme porque sospechaba que estaba siendo expuesto a algo.

Laura cerró los ojos.

—¿A algo?

—A una sustancia que aparecía en pequeñas cantidades en sus análisis.

—¿Y qué era?

—No pudimos identificarla completamente.

—¿Entonces por qué no denunció?

El médico bajó la mirada.

—Porque alguien entró en mi consulta esa misma noche.

Laura se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—No lo vi directamente.

—¿Cómo sabe que entraron?

—Porque faltaba una muestra de sangre.

Héctor sintió que todo el cuerpo se le tensaba.

—¿La muestra de Adrián?

El médico asintió.

—Y también desapareció una copia de sus análisis.

Laura empezó a llorar.

—Entonces lo mataron.

—No puedo decirlo —respondió el médico—. Pero puedo decir otra cosa.

Abrió la carpeta.

—La enfermedad que padecía Adrián podía explicar su deterioro. Pero las alteraciones que encontramos no eran normales.

—¿Qué significan?

—Que alguien pudo haber estado empeorando deliberadamente su estado.

Laura se llevó una mano a la boca.

Durante meses había pensado que su marido había muerto de una enfermedad terrible.

Ahora existía la posibilidad de que alguien hubiera acelerado su muerte.

Y ese alguien podía ser Esteban.

Antes de regresar al caserío, Elisa recibió una llamada.

Su expresión cambió.

—Han encontrado al antiguo secretario de Esteban.

—¿Dónde? —preguntó Héctor.

—En Portugal.

—¿Está dispuesto a hablar?

—Dice que sí.

El hombre se llamaba Marcos Vidal.

Había trabajado 9 años para Esteban y había desaparecido después de presentar una denuncia interna.

Cuando Elisa le preguntó por Adrián, respondió algo que dejó a todos en silencio.

—Adrián no fue el primero.

Había otros 3 propietarios que habían enfermado poco después de negarse a vender.

Uno murió.

Otro abandonó Asturias.

El tercero seguía ingresado en una residencia médica.

—¿Esteban los envenenó? —preguntó Elisa.

—No lo sé —respondió Marcos—. Pero todos recibieron visitas de la misma persona.

—¿Quién?

Marcos miró hacia la cámara.

—Darío Mena.

El antiguo agente.

El hombre que ya estaba detenido.

Héctor sintió que la historia volvía a cerrarse sobre sí misma.

Darío no era simplemente un agente corrupto que ayudaba a Esteban a conseguir terrenos.

Había estado cerca de las víctimas.

Demasiado cerca.

Cuando regresaron al caserío, Nora estaba sentada en el porche.

—¿Por qué estáis serios?

Laura se agachó frente a ella.

—Porque estamos descubriendo cosas sobre papá.

Nora sostuvo el caballo de madera.

—¿Cosas malas?

Laura dudó.

—Cosas que él quería que supiéramos algún día.

La niña permaneció callada.

Después preguntó:

—¿Papá sabía que iba a morir?

Laura sintió que aquella pregunta le atravesaba el pecho.

—Creo que tenía miedo.

Nora miró el caballo.

—Entonces tuvo miedo y aun así intentó protegerme.

Héctor se sentó junto a ella.

—Sí.

—¿Y por eso murió?

Héctor no respondió.

Laura tomó la mano de su hija.

—No sabemos todavía qué ocurrió.

Aquella noche, mientras todos dormían, Héctor salió al establo.

Encontró una caja que nunca había visto.

Estaba escondida detrás de unas herramientas.

Dentro había una libreta.

En la primera página aparecía la letra de Adrián.

“Si estás leyendo esto, probablemente ya no esté aquí.”

Héctor pasó la página.

“Esteban no quiere el litio.”

La siguiente frase estaba subrayada.

“Quiere borrar algo que ocurrió antes de que empezara a comprar terrenos.”

Héctor continuó leyendo.

“En 1999 hubo un accidente en la mina abandonada de San Tirso. Murieron 2 trabajadores. El informe oficial dice que fue un derrumbe.”

Otra página.

“No fue un derrumbe.”

Héctor levantó la mirada.

La última anotación decía:

“Hay una galería cerrada. Allí está la prueba.”

Debajo había unas coordenadas.

Héctor reconoció el lugar.

Estaba a menos de 12 kilómetros del caserío.

Y comprendió que Esteban llevaba años comprando terrenos por una razón que no tenía nada que ver con el litio.

Quería controlar todo lo que rodeaba aquella antigua mina.

Porque algo seguía enterrado allí.

Y Adrián había estado a punto de encontrarlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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