PARTE 1 Una niña de 8 años embarrada golpeó mi caserío en Asturias: su madre estaba tirada en el bosque sin oírla. En el alambre encontré su colgante perdido grabado a navaja: “La próxima puerta no podrá protegerlas”. No pregunté, cerré el puño y puse la clave de 2 y 3 golpes antes de ir a Oviedo a abrir la caja de su marido con el mapa del litio.

Chapter 1 / 5

—Por favor, no cierre la puerta. Mi madre está tirada en el bosque y creo que ya no puede oírme.

La niña que pronunció aquellas palabras apenas alcanzaba el picaporte. Tenía 8 años, el pelo empapado y las zapatillas cubiertas de barro. Un corte superficial le cruzaba la mejilla y llevaba una mochila escolar colgada de un solo hombro.

Héctor Valdés no preguntó cómo había llegado hasta su caserío, perdido entre las montañas asturianas. Cogió una chaqueta, el botiquín y una linterna.

Llevaba 10 años viviendo solo a las afueras de Taramundi. Reparaba maquinaria agrícola, cuidaba 4 cabras y hablaba con los vecinos únicamente cuando era imprescindible. En el pueblo lo consideraban un hombre huraño. Algunos sabían que había sido suboficial del Ejército; ninguno conocía la razón por la que había abandonado el uniforme.

—¿Cómo te llamas? —preguntó mientras descendían por un sendero.

—Nora.

—¿Cuánto tiempo lleva tu madre allí?

—No lo sé. Me dijo que corriera y buscara ayuda. Fui a 2 casas, pero nadie abrió.

Encontraron a la mujer junto a un viejo molino abandonado. Seguía consciente, aunque tenía un brazo lastimado y apenas podía hablar. Al ver a su hija, intentó levantarse.

—Nora… te dije que no volvieras.

—He encontrado al gigante —respondió la niña.

Héctor la cargó hasta el caserío y avisó a Amalia, una médica jubilada que vivía a varios kilómetros. La tormenta había bloqueado la carretera principal, así que la mujer limpió sus heridas, le inmovilizó el brazo y recomendó vigilarla hasta que fuera posible llegar al hospital de Jarrio.

Se llamaba Laura Cifuentes. Era viuda y administraba una pequeña explotación de manzanos heredada por Nora tras el fallecimiento de su padre.

Durante 2 días evitó explicar quién la perseguía.

Nora, en cambio, se acostumbró rápidamente a la casa. Puso nombre a las cabras, encontró una caja con figuras de madera y convenció a Héctor para que le enseñara a tallar un caballo. Su voz llenó habitaciones que llevaban años demasiado silenciosas.

La tercera noche, Laura se despertó sobresaltada.

—Nos encontrarán —susurró.

Héctor dejó una taza de caldo sobre la mesa.

—Entonces necesito saber de quién debemos protegernos.

—De Esteban Luarca. Tiene una empresa minera, controla contratos municipales y conoce a demasiada gente.

—¿Qué quiere de usted?

—Algo que descubrió mi marido antes de marcharse.

Un golpe seco interrumpió la conversación.

Héctor salió y recorrió la finca. Cerca del establo encontró huellas recientes y un colgante infantil atrapado en el alambre.

Nora se llevó una mano al cuello.

—Era mío. Lo perdí cuando escapé.

En el reverso del colgante alguien había grabado una frase con la punta de una navaja:

«La próxima puerta no podrá protegerlas».

Héctor cerró el puño alrededor del metal. Comprendió que no habían dejado aquel objeto por descuido.

Era un aviso.

Pero Laura, al reconocer la letra, reveló algo todavía peor:

—No lo ha escrito Esteban. Esa letra pertenece al hombre que recibió mi denuncia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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