PARTE 4 Le dio una invitación de boda que le sobraba a un desconocido en el aeropuerto, y él realmente apareció.
Dos años después de aquella primera invitación, Carolina y Arturo habían aprendido que elegir quedarse no significaba que la vida dejara de ponerlos a prueba.
Vivían entre Monterrey y Guadalajara, dependiendo del trabajo de Carolina y de los proyectos de restauración de Arturo.
No era una vida perfecta.
Pero era suya.
Hasta que una mañana, Arturo recibió una llamada que cambiaría todo.
Estaba en una obra antigua en Guanajuato cuando su teléfono comenzó a vibrar.
Era su padre.
Arturo contestó sin imaginar que aquella conversación terminaría convirtiéndose en una de las más difíciles de su vida.
—Tu madre está en el hospital.
Arturo dejó de mirar los planos.
—¿Qué pasó?
—Se desmayó esta mañana.
—¿Está bien?
Hubo un silencio demasiado largo.
—Los médicos encontraron algo.
Arturo cerró los ojos.
Esa misma noche condujo hasta Querétaro.
Carolina quiso acompañarlo.
—Voy contigo.
—No.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque esto es asunto de mi familia.
Carolina sintió que aquellas palabras tenían algo que no le estaba diciendo.
—Arturo, soy tu pareja.
—Lo sé.
—Entonces no me apartes cada vez que algo te da miedo.
Él bajó la mirada.
Era exactamente lo que había hecho durante años.
Cuando algo podía doler, construía una distancia.
Pero esta vez no respondió.
—Tengo miedo —admitió.
Carolina tomó su mano.
—Entonces déjame estar contigo.
Horas después, llegaron al hospital.
Su madre estaba despierta, pero agotada.
Cuando vio a Carolina, sonrió.
—Sabía que vendrías.
Arturo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Su madre miró a su hijo.
—Necesito contarte algo antes de que los médicos decidan qué harán conmigo.
Arturo se sentó junto a la cama.
—¿Qué cosa?
Ella respiró profundamente.
—La casa de tu abuelo.
Arturo permaneció en silencio.
La antigua propiedad familiar llevaba más de veinte años abandonada. Era una enorme casona construida a principios del siglo pasado, ubicada en las afueras de Querétaro.
—¿Qué pasa con ella?
—Tu abuelo dejó instrucciones para que jamás se vendiera.
—Eso ya lo sé.
—No sabes todo.
Su madre sacó un sobre del cajón.
Era viejo.
Muy viejo.
Arturo lo abrió.
Dentro había fotografías, documentos y una carta escrita a mano.
Carolina observó su rostro mientras él leía.
Primero apareció sorpresa.
Después confusión.
Finalmente, miedo.
—¿Qué dice? —preguntó ella.
Arturo no respondió.
Su madre lo hizo.
—Tu abuelo dejó la propiedad a nombre de una persona que nadie en la familia conoce.
Arturo levantó la mirada.
—¿Quién?
Su madre tragó saliva.
—Una mujer llamada Clara Salvatierra.
Carolina sintió un vacío en el estómago.
Clara.
El mismo nombre de la ex prometida de Arturo.
—Eso no puede ser —murmuró Arturo.
—Por eso necesitaba que vinieras.
Arturo volvió a mirar los documentos.
Entonces encontró una fotografía.
En ella aparecía su abuelo junto a una mujer joven.
Detrás de ellos estaba la antigua casona.
Y en la parte inferior de la fotografía había una fecha:
Carolina se acercó.
—¿Quién es ella?
Arturo negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Pero entonces su madre dijo algo que ninguno esperaba.
—Yo sí sé quién es.
Arturo levantó la mirada.
—Mamá…
—Era tu tía.
El silencio llenó la habitación.
Arturo se puso de pie.
—Yo no tengo ninguna tía.
Su madre comenzó a llorar.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Carolina miró a Arturo.
Por primera vez desde que lo conocía, no tenía una respuesta.
No tenía una broma.
No tenía una explicación.
Solo una pregunta.
—¿Por qué nunca me contaste que tenías una hermana?
Su madre cerró los ojos.
—Porque tu abuelo hizo que todos prometiéramos no hablar de ella.
Arturo tomó la carta.
—¿Dónde está ahora?
Su madre no respondió inmediatamente.
Después susurró:
—No lo sabemos.
Arturo volvió a mirar la fotografía.
La mujer tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Y algo en su rostro le resultaba extrañamente familiar.
Esa noche, Carolina y Arturo regresaron a casa en silencio.
Cuando llegaron, él dejó los documentos sobre la mesa.
—Voy a descubrir la verdad.
Carolina asintió.
—Lo sé.
—Y no sé qué vamos a encontrar.
Ella se acercó.
—Entonces lo descubriremos juntos.
Arturo la miró.
Esta vez no intentó protegerla.
No le pidió que se quedara fuera.
Simplemente tomó su mano.
Pero ninguno de los dos sabía que la verdad que estaban a punto de descubrir no solo cambiaría la historia de la familia Ibarra.
También cambiaría la vida que habían construido juntos.