PARTE 1 Volví rico tras 17 años y encontré a mis padres comiendo lentejas junto al pesebre, mientras mi tía ocupaba su casa con todoterreno. Me soltó: “Qué fácil es llegar rico después de 17 años y preguntar qué ha pasado”. No grité; llevé las cartas al juzgado y puse el audio en la plaza. Entonces supe que mi décimo premiado nació de vender a Estrella, nuestra vaca.
El día que Adrián Morales regresó rico al pueblo donde había nacido, encontró a sus padres comiendo un plato de lentejas junto al pesebre de 3 vacas.
Durante 17 años había imaginado otro regreso.
Había salido de Valdeoliva, un pequeño pueblo de Cáceres, con 23 años, una mochila rota y 40 € en el bolsillo. Meses después recibió por correo un décimo de Lotería Nacional que terminó dándole un premio extraordinario. No gastó el dinero a ciegas: estudió, invirtió en almacenes logísticos, compró naves y acabó convirtiéndose en un empresario conocido en Madrid.
Pero todos los meses, sin excepción, enviaba dinero a sus padres, Ramón y Pilar.
1.500 € para comida, medicinas, arreglos de la casa y cualquier cosa que necesitaran.
Por eso, cuando el coche negro de Adrián entró en Valdeoliva aquella tarde de agosto, él llevaba 2 maletas nuevas para sus padres, medicamentos, las llaves de un piso comprado en Cáceres y 2 billetes para un viaje que Pilar siempre había querido hacer a Santiago.
Sin embargo, nadie sonrió al verlo.
Las conversaciones se apagaban cuando pasaba. Las cortinas se movían. El párroco, don Esteban, cerró la puerta lateral de la iglesia apenas lo reconoció.
Adrián sintió el primer golpe cuando llegó a la casa de su infancia.
Ya no estaban las macetas de su madre.
Había un todoterreno gris aparcado dentro.
Ropa desconocida colgaba del patio.
—¿Dónde están mis padres? —preguntó a Anselmo, un vecino de 74 años que lo había seguido en silencio.
El anciano señaló detrás de la vivienda.
Adrián caminó hasta el viejo establo.
El tejado estaba hundido en una esquina. Había barro seco, cubos oxidados y una mesa de madera colocada a menos de 2 metros del comedero de las vacas.
Y allí estaban.
Pilar llevaba un vestido remendado y ocultó rápidamente su plato cuando vio a su hijo. Ramón estaba encorvado, con las botas llenas de polvo y una manta sobre las piernas.
—Mamá…
Pilar levantó los ojos.
—Adrián.
Aquella sola palabra le quebró algo por dentro.
Él se arrodilló.


—¿Por qué vivís aquí?
—No queríamos molestarte —susurró ella.
Adrián miró el plato: lentejas frías, un trozo de pan duro y medio tomate.
—Os envío dinero todos los meses.
Ramón levantó lentamente la cabeza.
—Pensábamos que ya no querías saber nada de nosotros.
Adrián quedó helado.
Antes de poder preguntar quién les había hecho creer aquello, un perfume intenso llegó desde la entrada.
Era Mercedes, hermana de Pilar.
Vestía impecable, llevaba un rosario de oro entre los dedos y detrás de ella apareció su hijo Óscar con una carpeta azul.
—Así que por fin has vuelto —dijo Mercedes—. Qué fácil es llegar rico después de 17 años y preguntar qué ha pasado.
Adrián miró hacia la casa ocupada.
—¿Quién vive allí?
Óscar sonrió.
—Nosotros. Tu padre la vendió.
Abrió la carpeta y mostró un contrato firmado por Ramón.
La firma estaba temblorosa.
Demasiado.
Adrián miró a su padre.
Ramón no pudo sostenerle la mirada.
Entonces Adrián formuló la pregunta que borró la sonrisa de Mercedes.
—Si mis padres vendieron la casa porque estaban arruinados, ¿dónde están los 1.500 € que envié cada mes durante 17 años?