PARTE 4 Llamé empapada a las 23:47 con 8 meses de embarazo después de que mi madre me echara. Él llegó sonriendo a evaluar la finca mientras yo sostenía mi vientre, y dijo: ‘Vine a recuperar lo que es mío’. No lloré, cerré la puerta y registré su custodia, sin saber que la habitación cerrada 12 años guardaba una cuna con nuestro nombre.
Durante años, Mateo había pensado que el mayor miedo de un padre era perder a un hijo.
Con el tiempo descubrió que no era exactamente así.
A veces, el miedo más difícil era verlo crecer lo suficiente como para necesitar una vida en la que uno ya no pudiera acompañarlo.
Daniel tenía 18 años cuando recibió la carta de admisión.
Había sido aceptado en una universidad de Oviedo para estudiar ingeniería ambiental.
La carta llegó un martes por la mañana.
Inés estaba en el obrador preparando una masa cuando Daniel entró en la cocina con un sobre blanco en la mano.
—Mamá.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
Daniel sonrió.
—Me han aceptado.
Inés dejó inmediatamente lo que estaba haciendo.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Sí.
Inés lo abrazó con tanta fuerza que Daniel tuvo que reírse.
—¡Sabía que podías hacerlo!
Mateo apareció unos segundos después desde el patio.
—¿Qué ocurre?
Daniel levantó la carta.
—Me voy a Oviedo.
Mateo se quedó quieto.
No dijo nada.
Solo sonrió.
—Entonces habrá que celebrarlo.
Pero esa noche, cuando Inés y Daniel se fueron a dormir, Mateo permaneció solo en la cocina.
Trueno estaba tumbado junto a sus botas.
Mateo miró hacia la ventana.
Desde allí podía ver el viejo manzano bajo el que habían enterrado a Niebla.
Y por primera vez comprendió algo que le dolió más de lo que esperaba.
Daniel no se estaba yendo de casa.
Daniel estaba empezando su propia vida.
Durante las semanas siguientes, la casa cambió.
Daniel empezó a preparar cajas.
Libros.
Ropa.
Fotografías.
Un viejo balón.
Una taza que Inés le había comprado cuando tenía 10 años.
Incluso guardó una pequeña piedra que había encontrado junto al río cuando era niño.
—¿Para qué quieres llevarte eso? —preguntó Mateo.
Daniel se encogió de hombros.
—Porque es de aquí.
Mateo sonrió.
—Entonces llévatela.
Una tarde, mientras cargaban cajas en el coche, Daniel encontró algo en el fondo de un armario.
Una fotografía antigua.
Mateo la reconoció inmediatamente.
Era una foto de Clara.
Su esposa.
La mujer que había muerto 12 años antes de que Inés apareciera en aquella puerta.
Daniel sostuvo la fotografía durante unos segundos.
—¿Ella es Clara?
Mateo asintió.
—Sí.
Daniel observó la imagen.
—Nunca la conocí.
—No.
—Pero sé muchas cosas de ella.
Mateo bajó la mirada.
—Tu madre te las contó.
Daniel negó con la cabeza.
—No solo mamá.
Señaló la casa.
—Esta casa también.
Mateo no respondió.
Daniel dejó la fotografía sobre la mesa.
—Papá…
Mateo levantó la mirada.
Daniel tardó unos segundos en continuar.
—¿Alguna vez pensaste que yo ocupé su lugar?
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que cuando llegué… cuando mamá llegó… quizá yo llené un vacío que había dejado ella.
Mateo se acercó.
—Daniel, escúchame.
El joven lo miró.
—Tú no reemplazaste a nadie.
—Pero ella quería tener hijos.
—Sí.
Mateo respiró profundamente.
—Y durante mucho tiempo pensé que el hecho de no haberlos tenido era una de las grandes tragedias de mi vida.
Se sentó.
Daniel permaneció de pie.
—Después murió Clara —continuó Mateo— y durante años confundí la tristeza con una especie de castigo. Pensaba que mi vida se había terminado allí.
Hizo una pausa.
—Entonces apareció tu madre.
Daniel sonrió ligeramente.
—En medio de una tormenta.
Mateo también sonrió.
—En medio de una tormenta.
—Y yo llegué después.
—Sí.
—Entonces, ¿qué fui para ti?