PARTE 4 Me desviaron por Lavapiés y una niña de 8 años con bebés me dijo: “Si no puede con las 3, llévese al menos a 1”. Mientras mi consejo peleaba por 70 millones, ellas temblaban sin manta en la acera. Mi hermana me espetó: “No conviertas un caso emocional en política empresarial”. Llamé al 112 y pedí el expediente de su madre, sin saber que trabajaba para una filial mía.

Chapter 4 / 5

Durante casi 2 años, la vida de Marta y sus hijas siguió adelante.

Marta terminó su formación como auxiliar de enfermería.

Nerea tenía ya 10 años.

Clara y Noa habían empezado el colegio.

Y Adrián seguía apareciendo en sus vidas.

No todos los días.

No todas las semanas.

Pero con la suficiente frecuencia como para que las niñas dejaran de verlo como el hombre que había detenido un coche en una calle fría de Lavapiés.

Para ellas, Adrián simplemente era Adrián.

El hombre que llegaba tarde a cenar.

El que nunca sabía dónde había dejado las llaves.

El que confundía a Clara y Noa cuando llevaban el mismo abrigo.

Y el que todavía recibía mensajes de Nerea cuando tenía un examen importante.

La relación con Mercedes también había cambiado.

Seguían discutiendo.

Pero ahora discutían sobre decisiones.

No sobre quién tenía razón.

Montes Gestión Urbana había creado un programa interno de apoyo para trabajadores en situaciones graves.

Mercedes terminó supervisándolo personalmente.

Nunca se lo dijo a Adrián.

Él lo descubrió en un informe.

No comentó nada.

Solo sonrió.

Una tarde de abril, Marta recibió una llamada del colegio.

—¿Es usted la madre de Nerea Ruiz?

—Sí.

—Hay un hombre aquí preguntando por ella.

Marta sintió que se le helaban las manos.

—¿Quién?

Hubo un silencio.

—Dice llamarse Javier Ruiz.

Marta dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Javier.

El padre de sus hijas.

El hombre que había desaparecido cuando Clara y Noa tenían apenas unas semanas.

Durante años había pensado que estaba muerto.

O que había decidido no volver.

Nunca había tenido noticias.

Nunca había enviado dinero.

Nunca había preguntado por ellas.

Marta fue inmediatamente al colegio.

Adrián llegó unos minutos después.

No porque Marta se lo hubiera pedido.

Sino porque Nerea le había enviado un mensaje.

«Ha aparecido mi padre.»

Cuando Adrián llegó, vio a un hombre sentado en una sala.

Tenía unos 40 años.

Ropa gastada.

Barba de varios días.

Parecía mucho más cansado que viejo.

Nerea estaba detrás de su madre.

Javier levantó la mirada.

—Nerea.

La niña no respondió.

Él se levantó.

—Soy tu padre.

Nerea retrocedió.

Marta se interpuso.

—No te acerques.

—Solo quiero hablar.

—Después de 10 años.

Javier bajó la cabeza.

—Lo sé.

Adrián permaneció junto a la puerta.

No quería convertirse en el hombre que decidía por ellas.

Javier lo miró.

—¿Y usted quién es?

Adrián respondió con calma.

—Un amigo de la familia.

Javier soltó una sonrisa amarga.

—Claro.

No dijo más.

El colegio pidió que cualquier encuentro futuro se realizara mediante los canales correspondientes.

Javier aceptó.

No tenía intención de forzar el contacto.

Pero antes de marcharse dijo algo que dejó a Marta desconcertada.

—No he venido por dinero.

Ella lo miró.

—¿Entonces por qué?

Javier sacó un sobre.

—Porque alguien me dijo que debía hacerlo antes de que fuera demasiado tarde.

Marta no quiso cogerlo.

—¿Quién?

Javier dejó el sobre sobre la mesa.

—Mi hermano.

Y se marchó.

Aquella noche Marta abrió el sobre.

Dentro había documentos.

Una fotografía antigua.

Y una carta.

La carta estaba escrita 9 años antes.

Javier explicaba que había tenido problemas con el alcohol, deudas y una situación judicial que le había impedido acercarse a las niñas.

Pero había algo que no encajaba.

Marta leyó una frase varias veces.

«Me dijeron que tú no querías que volviera.»

Ella levantó la mirada.

—Eso es mentira.

Adrián estaba sentado frente a ella.

—¿Quién se lo dijo?

Marta revisó los documentos.

Había un nombre.

Tomás Ruiz.

El hermano de Javier.

Marta sintió un escalofrío.

—Tomás vivía cerca de nosotros.

—¿Lo conocías bien?

—Era quien venía algunas veces a recoger las cosas de Javier.

Adrián no dijo nada.

Marta siguió leyendo.

Había más.

Durante años, Tomás había enviado mensajes a Javier haciéndole creer que Marta no quería que se acercara a las niñas.

También le había dicho que Nerea había sido adoptada.

Y que Clara y Noa habían muerto poco después de nacer.

Javier había creído aquellas mentiras.

Marta se llevó una mano a la boca.

—¿Por qué alguien haría algo así?

Adrián tomó la carta.

—Quizá quería evitar que regresara.

—¿Para qué?

No encontraron la respuesta aquella noche.

Pero al día siguiente Javier regresó.

Esta vez llevaba una carpeta.

—No quiero recuperar 10 años —dijo—. Sé que no puedo.

Marta permaneció en silencio.

—Solo quiero saber por qué.

Sacó varios recibos.

Transferencias.

Documentos.

Una cuenta bancaria.

—Durante estos años envié dinero.

Marta miró los papeles.

—¿A quién?

Javier señaló el nombre.

Tomás Ruiz.

Durante casi 7 años, Javier había enviado pequeñas cantidades a su hermano creyendo que este las entregaba a Marta.

Nunca llegaron.

Adrián miró las fechas.

Las cantidades no eran enormes.

Pero eran regulares.

—¿Por qué dejaste de enviarlas?

Javier bajó la mirada.

—Porque Tomás me dijo que Marta había rehecho su vida y que no quería saber nada de mí.

Marta cerró los ojos.

Había perdido años.

Pero también comprendió algo.

El abandono que había sentido podía haber sido real.

Las decisiones de Javier seguían siendo suyas.

Había bebido.

Había desaparecido.

Había permitido que otros hablaran por él.

Pero una parte de la historia había sido manipulada.

Eso no borraba sus responsabilidades.

Solo explicaba algunas de sus ausencias.

Javier quiso conocer a las gemelas.

Marta dudó.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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Después de 7 años organizándole la vida, me pidió que le buscara esposa y preparé 3 perfiles perfectos mientras me rompía por dentro. Me miró y dijo: ‘Necesito 3 candidatas’. No lloré, dejé mi renuncia y mi tarjeta sobre su escritorio de nogal y salí. Entonces supe que llevaba tiempo sospechando que lo amaba y había quemado la carpeta en la chimenea. PARTE 1 —Ya no tendrá que pedirme que le encuentre esposa, señor Valcárcel. Lucía Navarro dejó un sobre blanco sobre el escritorio de nogal. —Porque desde hoy tampoco tendrá asistente. Alejandro Valcárcel levantó la vista. Durante 7 años, Lucía lo había visto enfrentarse a bancos, ministros, fondos de inversión y consejos de administración sin pestañear. A sus 39 años, el presidente de Valcárcel Inversiones tenía fama de poder cerrar una operación millonaria con 3 llamadas y arruinar una negociación con 1 silencio. Sin embargo, aquella mañana de enero, en la planta 31 de una torre del Paseo de la Castellana, pareció no entender lo que tenía delante. —¿Qué es esto? —Mi renuncia. —Ya veo que es una renuncia. Pregunto por qué. Lucía dejó su tarjeta de acceso junto al sobre. —Ayer me pidió que le buscara esposa. Alejandro se apoyó lentamente en el respaldo. 24 horas antes había dicho aquello con la misma frialdad con la que encargaba un informe. —Necesito 3 candidatas. —¿Candidatas para qué? —Para casarme. Lucía creyó que bromeaba. Alejandro nunca bromeaba. Su madre, Mercedes Valcárcel, llevaba meses presionándolo. La familia necesitaba una imagen más estable después de una delicada operación bursátil, el apellido llevaba generaciones ligado a negocios y patrimonio, y Mercedes quería un nieto antes de cumplir 70 años. Alejandro hizo lo que siempre hacía cuando una emoción lo incomodaba. La convirtió en un problema administrativo. Y se la entregó a Lucía. Ella preparó 3 perfiles: una abogada de una familia madrileña conocida, una empresaria catalana y la hija de un importante constructor sevillano. Mujeres inteligentes, elegantes, discretas. Perfectas sobre el papel. Con cada página, Lucía sintió que se rompía un poco más. Porque ella sabía que Alejandro tomaba el café con 1 cucharadita de azúcar aunque aseguraba beberlo solo. Sabía que cancelaba cualquier reunión el 8 de octubre porque era el cumpleaños de su padre fallecido. Sabía reconocer cuándo estaba preocupado por la forma en que aflojaba el nudo de la corbata. Y también sabía que llevaba años cometiendo el error más doloroso de su vida: amar al hombre que confiaba tanto en ella que le había encargado elegir a otra mujer. Alejandro rodeó el escritorio. —Te duplico el sueldo. Lucía sonrió con tristeza. —Eso confirma que hago bien en marcharme. —¿Te ha contratado alguien? —No. —Entonces dime qué quieres. —Precisamente ese es el problema. Usted cree que todo el mundo quiere algo que pueda comprar. Cogió su abrigo. Alejandro miró la carpeta con las 3 mujeres. —Ayer te pregunté qué clase de esposa necesito. —Sí. —¿Encontraste la respuesta? Lucía puso la mano sobre la puerta. —Necesita una mujer capaz de estar a su lado sin desaparecer dentro de su vida. Por primera vez, Alejandro dejó de parecer el hombre más poderoso de Madrid. La observó en silencio. Luego preguntó: —Lucía… ¿desde cuándo estás enamorada de mí? Ella se quedó inmóvil. Y lo peor no fue que hubiera descubierto su secreto. Fue la forma en que lo preguntó. Como si llevara mucho tiempo sospechándolo. ———————————————- Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento. He dejado la Parte 2 en el primer comentario fijado.