PARTE 4 Con el vestido bordado por mi abuela esperé 47 minutos frente a 200 invitados que ya grababan mi humillación. Leí en el móvil «No puedo hacerlo» mientras mi ramo temblaba y alguien gritaba si habría banquete. Escuché sus risas y tomé la mano del hombre del último banco sin llorar. No sabía que aquella promesa para salvarme terminaría cambiándome la vida entera.

Chapter 4 / 5

7 años después de aquella primera boda, la vida de Marina y Rodrigo parecía haber encontrado un equilibrio perfecto.

Alba tenía 7 años.

Era una niña curiosa, habladora y con una capacidad extraordinaria para hacer preguntas en los momentos menos oportunos.

Rodrigo seguía dirigiendo la empresa.

Marina había dejado de ser simplemente la esposa del director.

Ahora era una de las profesionales más respetadas de la firma.

Había dirigido proyectos de rehabilitación en Madrid, Segovia y Valencia.

Su nombre aparecía en revistas especializadas.

Y, sobre todo, había conseguido algo que durante mucho tiempo creyó imposible:

tener una carrera que pertenecía completamente a ella.

Una tarde de octubre, Marina estaba revisando los planos de un nuevo proyecto cuando su secretaria entró apresuradamente.

—Marina, Rodrigo te necesita en su despacho.

—¿Ahora?

—Ha llegado alguien.

La expresión de la mujer era extraña.

—¿Quién?

—No lo sé.

Marina dejó el lápiz.

Cuando llegó al despacho de Rodrigo, encontró a su marido de pie junto a la ventana.

Sobre la mesa había una carpeta gris.

Y frente a él estaba un hombre de unos 60 años que Marina no conocía.

Rodrigo levantó la mirada.

—Cierra la puerta.

Marina obedeció.

—¿Qué ocurre?

Rodrigo tardó unos segundos en responder.

—Este señor se llama Andrés Valdés.

El hombre extendió la mano.

—Encantado.

Marina la estrechó.

—¿Qué hace aquí?

Andrés miró a Rodrigo.

—Creo que debería explicárselo él.

Rodrigo abrió la carpeta.

Dentro había varios documentos antiguos.

Algunos tenían más de 20 años.

—Andrés fue auditor externo de la empresa cuando mi abuelo todavía estaba vivo.

Marina miró los papeles.

—¿Y?

Rodrigo señaló una hoja.

—Ha encontrado algo relacionado con la muerte de mi padre.

Marina levantó lentamente los ojos.

El ambiente cambió.

Su suegro llevaba años muerto.

Habían pasado más de 20 años desde aquel accidente.

Nunca habían existido pruebas de que hubiera ocurrido algo extraño.

O eso creían.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Marina.

Andrés se sentó.

—Tu suegro no murió simplemente por un accidente.

Rodrigo cerró los ojos durante un instante.

—Eso ya lo sospechaba.

—No —respondió Andrés—. Lo que no sabes es por qué.

Sacó una fotografía.

Era antigua.

Mostraba a 4 hombres frente a la antigua sede de la empresa.

Uno de ellos era el padre de Rodrigo.

Otro era Arturo.

Los otros 2 eran desconocidos para Marina.

Andrés señaló al tercero.

—Este hombre se llamaba Esteban Llorente.

Rodrigo frunció el ceño.

—No me suena.

—Porque tu abuelo se aseguró de que su nombre desapareciera de los archivos oficiales.

Marina miró a Rodrigo.

—¿Por qué?

Andrés respiró profundamente.

—Porque Esteban fue socio de tu abuelo durante casi 15 años.

—¿Y qué ocurrió?

—Desaparecieron millones de euros.

Rodrigo se quedó inmóvil.

Andrés continuó.

—Cuando tu padre descubrió el fraude, quiso denunciarlo.

—¿Y mi abuelo?

—Intentó detenerlo.

—¿Por qué?

—Porque Esteban amenazó con destruir la empresa.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—Eso no explica el accidente.

Andrés abrió otra carpeta.

—Todavía no.

Dentro había un informe de tráfico.

Marina lo tomó.

Leyó lentamente.

Fecha del accidente.

Hora.

Lugar.

Condiciones meteorológicas.

Después encontró algo extraño.

—Aquí dice que el coche de tu padre frenó antes de salir de la carretera.

Rodrigo se acercó.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien estaba conduciendo detrás de él.

Andrés colocó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada por una cámara de seguridad de una gasolinera.

Se veía un vehículo oscuro.

La matrícula era parcialmente visible.

—Este coche fue identificado cerca del lugar del accidente.

Rodrigo lo observó.

—¿Y?

Andrés señaló la matrícula.

—Pertenecía a una empresa de Esteban Llorente.

El silencio fue absoluto.

Marina miró a su marido.

Por primera vez en años, volvió a ver aquella expresión que Rodrigo tenía antes de conocerla.

La expresión del hombre que intentaba controlar algo que estaba completamente fuera de sus manos.

—¿Esteban sigue vivo? —preguntó.

Andrés negó lentamente.

—Murió hace 4 años.

Rodrigo respiró.

—Entonces hemos llegado tarde.

—No exactamente.

Andrés sacó un último documento.

—Antes de morir, Esteban entregó una caja a un abogado.

Rodrigo la miró.

—¿Qué había dentro?

—No lo sé.

—¿Dónde está?

Andrés bajó la voz.

—En una caja de seguridad.

Rodrigo permaneció inmóvil.

—¿A nombre de quién?

Andrés miró primero a Rodrigo.

Después a Marina.

—A nombre de Marina Ortega.

Marina sintió que se le helaban las manos.

—¿Qué?

Andrés negó con la cabeza.

—No exactamente.

Sacó un papel.

Marina lo tomó.

Había un nombre completo.

Elena Ortega.

Su madre.

Marina dejó de respirar durante unos segundos.

—Mi madre no sabía nada de esto.

Andrés respondió:

—Eso es lo que necesitamos averiguar.

Aquella misma noche, Marina llamó a Elena.

Su madre respondió desde su casa.

—¿Qué ocurre, hija?

Marina dudó.

—Mamá, necesito preguntarte algo.

—Claro.

—¿Conociste a Esteban Llorente?

Hubo silencio.

Un silencio demasiado largo.

Marina cerró los ojos.

—Mamá.

Elena respiró profundamente.

—¿Quién te ha hablado de él?

Rodrigo miró a Marina.

Ella activó el altavoz.

—Un antiguo auditor de la empresa.

La voz de Elena cambió.

—Entonces finalmente habéis encontrado la caja.

Rodrigo y Marina se miraron.

—¿Qué caja? —preguntó Marina.

Elena permaneció callada.

Después dijo:

—Tu padre me pidió que nunca hablara de esto.

Marina sintió un escalofrío.

—¿Mi padre conocía a Esteban?

—Sí.

—¿Y a Arturo?

—También.

Rodrigo se acercó al teléfono.

—Señora Elena, ¿qué relación tenían?

La respuesta llegó después de unos segundos.

—Tu padre trabajaba para Arturo.

Marina frunció el ceño.

—Eso ya lo sabía.

—No.

Elena empezó a llorar.

—Tu padre no era simplemente empleado de Arturo. Era la persona que descubrió el fraude.

Rodrigo se quedó inmóvil.

Elena continuó.

—Y la noche antes de morir, vino a casa.

Marina sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué te dijo?

—Que si algo le ocurría, debía protegerte.

Marina apretó el teléfono.

—¿Protegerme de quién?

Elena tardó varios segundos en responder.

—De Esteban.

Nadie habló.

Entonces Elena dijo algo que ninguno de los 2 esperaba.

—Pero Esteban no era el único hombre al que tu padre temía.

Rodrigo se puso rígido.

—¿Quién más?

Elena respiró entrecortadamente.

—Tu abuelo.

Rodrigo palideció.

—¿Arturo?

—Sí.

Marina miró a su marido.

—¿Por qué?

La voz de Elena se quebró.

—Porque tu abuelo sabía que el fraude existía.

Rodrigo negó lentamente.

—Eso no puede ser.

—No sé si participó.

Elena hizo una pausa.

—Pero sabía mucho más de lo que os contó.

Rodrigo cerró los ojos.

Durante años había idealizado a Arturo.

Había conservado su carta.

Había construido parte de su vida siguiendo sus palabras.

Ahora aquella imagen comenzaba a resquebrajarse.

—¿Qué hay dentro de la caja? —preguntó.

Elena respondió:

—Una grabación.

Marina sintió que todo el cuerpo se le tensaba.

—¿De quién?

—De tu padre.

—¿Qué dice?

Elena lloró en silencio.

—Nunca tuve valor para escucharla.

La llamada terminó pocos minutos después.

Rodrigo permaneció junto a la ventana.

Marina se acercó.

—¿Estás bien?

Él soltó una pequeña risa amarga.

—No.

Marina tomó su mano.

—Entonces no finjas.

Rodrigo la miró.

—Durante toda mi vida pensé que mi abuelo era el hombre que protegía a nuestra familia.

—Quizá lo hizo.

—O quizá protegió algo más.

Marina apretó sus dedos.

—Lo descubriremos.

Rodrigo la observó.

—¿No tienes miedo?

Marina sonrió débilmente.

—Hace años entré en una iglesia pensando que había perdido mi futuro.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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Story

Después de 7 años organizándole la vida, me pidió que le buscara esposa y preparé 3 perfiles perfectos mientras me rompía por dentro. Me miró y dijo: ‘Necesito 3 candidatas’. No lloré, dejé mi renuncia y mi tarjeta sobre su escritorio de nogal y salí. Entonces supe que llevaba tiempo sospechando que lo amaba y había quemado la carpeta en la chimenea. PARTE 1 —Ya no tendrá que pedirme que le encuentre esposa, señor Valcárcel. Lucía Navarro dejó un sobre blanco sobre el escritorio de nogal. —Porque desde hoy tampoco tendrá asistente. Alejandro Valcárcel levantó la vista. Durante 7 años, Lucía lo había visto enfrentarse a bancos, ministros, fondos de inversión y consejos de administración sin pestañear. A sus 39 años, el presidente de Valcárcel Inversiones tenía fama de poder cerrar una operación millonaria con 3 llamadas y arruinar una negociación con 1 silencio. Sin embargo, aquella mañana de enero, en la planta 31 de una torre del Paseo de la Castellana, pareció no entender lo que tenía delante. —¿Qué es esto? —Mi renuncia. —Ya veo que es una renuncia. Pregunto por qué. Lucía dejó su tarjeta de acceso junto al sobre. —Ayer me pidió que le buscara esposa. Alejandro se apoyó lentamente en el respaldo. 24 horas antes había dicho aquello con la misma frialdad con la que encargaba un informe. —Necesito 3 candidatas. —¿Candidatas para qué? —Para casarme. Lucía creyó que bromeaba. Alejandro nunca bromeaba. Su madre, Mercedes Valcárcel, llevaba meses presionándolo. La familia necesitaba una imagen más estable después de una delicada operación bursátil, el apellido llevaba generaciones ligado a negocios y patrimonio, y Mercedes quería un nieto antes de cumplir 70 años. Alejandro hizo lo que siempre hacía cuando una emoción lo incomodaba. La convirtió en un problema administrativo. Y se la entregó a Lucía. Ella preparó 3 perfiles: una abogada de una familia madrileña conocida, una empresaria catalana y la hija de un importante constructor sevillano. Mujeres inteligentes, elegantes, discretas. Perfectas sobre el papel. Con cada página, Lucía sintió que se rompía un poco más. Porque ella sabía que Alejandro tomaba el café con 1 cucharadita de azúcar aunque aseguraba beberlo solo. Sabía que cancelaba cualquier reunión el 8 de octubre porque era el cumpleaños de su padre fallecido. Sabía reconocer cuándo estaba preocupado por la forma en que aflojaba el nudo de la corbata. Y también sabía que llevaba años cometiendo el error más doloroso de su vida: amar al hombre que confiaba tanto en ella que le había encargado elegir a otra mujer. Alejandro rodeó el escritorio. —Te duplico el sueldo. Lucía sonrió con tristeza. —Eso confirma que hago bien en marcharme. —¿Te ha contratado alguien? —No. —Entonces dime qué quieres. —Precisamente ese es el problema. Usted cree que todo el mundo quiere algo que pueda comprar. Cogió su abrigo. Alejandro miró la carpeta con las 3 mujeres. —Ayer te pregunté qué clase de esposa necesito. —Sí. —¿Encontraste la respuesta? Lucía puso la mano sobre la puerta. —Necesita una mujer capaz de estar a su lado sin desaparecer dentro de su vida. Por primera vez, Alejandro dejó de parecer el hombre más poderoso de Madrid. La observó en silencio. Luego preguntó: —Lucía… ¿desde cuándo estás enamorada de mí? Ella se quedó inmóvil. Y lo peor no fue que hubiera descubierto su secreto. Fue la forma en que lo preguntó. Como si llevara mucho tiempo sospechándolo. ———————————————- Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento. He dejado la Parte 2 en el primer comentario fijado.