Su familia la vendió para saldar una deuda, hasta que el despiadado duque le susurró: «Eres mi destino».

Su familia la vendió para saldar una deuda, hasta que el despiadado duque le susurró: «Eres mi destino».

La mujer que fue apostada en una mesa de juego

Ciudad de México, otoño de 1889.

—Entonces me quedaré con la hija.

Las palabras de don Octavio Barragán cayeron sobre la mesa de juego como una cuchillada.

Los dados dejaron de rodar.

Un hombre mantuvo una carta suspendida en el aire.

Incluso los criados que permanecían junto a las paredes del salón privado del Casino Nacional fingieron no haber escuchado.

Don Esteban Villaseñor no levantó la cabeza.

Tenía cincuenta y siete años y, hasta hacía pocos meses, había sido considerado uno de los hacendados más respetables de Querétaro.

Ahora tenía las manos temblorosas.

Ante él había pagarés, letras vencidas y escrituras hipotecadas.

—Mi hija no es una propiedad —murmuró.

Octavio sonrió.

—Su hacienda tampoco debería haberlo sido, y sin embargo la apostó.

Algunos caballeros apartaron la vista.

Octavio continuó:

—Catalina tiene veintitrés años. Es educada, hermosa y soltera. Yo soy viudo. Cásela conmigo y esta noche desaparecen todas sus deudas.

Don Esteban palideció.

—Usted la haría desgraciada.

—La convertiría en una mujer casada con fortuna.

—No es lo mismo.

—Para alguien que debe sesenta mil pesos, las diferencias filosóficas son un lujo.

Empujó los documentos hacia él.

—O acepta, o mañana tomaré posesión de la Hacienda San Gabriel.

Don Esteban pensó en su esposa.

En su hijo menor, Eduardo, que estudiaba en la capital.

Y finalmente en Catalina.

Bajó la cabeza.

Octavio supo que había ganado.

Entonces una voz surgió desde la entrada.

—Yo pagaré los sesenta mil.

Todos se volvieron.

Don Alejandro Montemayor estaba de pie junto a la puerta.

Treinta y seis años.

Alto.

Vestido de negro.

Dueño de tierras, minas y de la Hacienda Los Laureles, una de las propiedades más prósperas del centro del país.

Se decía que jamás levantaba la voz porque nunca había necesitado hacerlo.

Octavio se puso de pie.

—Este asunto no le concierne.

Alejandro avanzó lentamente.

—Un hombre intentando comprar a la hija de otro hombre delante de veinte testigos ha dejado de ser un asunto privado.

—Estoy resolviendo una deuda.

—No. Está disfrutando una humillación.

Alejandro depositó un documento bancario sobre la mesa.

—Sesenta mil pesos. Capital e intereses.

Octavio entrecerró los ojos.

—¿Y qué obtiene usted?

Alejandro miró a don Esteban.

Después dijo:

—Pediré la mano de Catalina.

Un murmullo atravesó el salón.

Octavio soltó una carcajada.

—¿Y en qué se diferencia eso de mi propuesta?

Alejandro lo miró con frialdad.

—En que usted quería una mujer sometida.

Hizo una pausa.

—Yo quiero ofrecerle una elección.

—¿Después de comprar las deudas de su padre?

—Precisamente por eso hablaré con ella antes de hacer nada.

Octavio aceptó el dinero.

No porque hubiera dejado de desear a Catalina.

Sino porque deseaba más el pago.

Esa misma noche, don Esteban regresó a su casa de la calle de Bucareli.

Catalina estaba leyendo junto al fuego cuando vio entrar a su padre.

Cerró el libro.

—¿Qué ocurrió?

Don Esteban parecía haber envejecido diez años.

—Lo he perdido todo.

Catalina se levantó.

—¿San Gabriel?

—También.

Ella cerró los ojos.

Había advertido a su padre muchas veces.

Pero nunca imaginó aquello.

—¿Mamá lo sabe?

—Todavía no.

—¿Eduardo?

—Tendría que abandonar sus estudios.

Catalina apretó las manos.

—¿Hay alguna solución?

Su padre comenzó a llorar.

Aquello la asustó más que cualquier deuda.

—Un hombre pagó todo.

—¿Quién?

—Don Alejandro Montemayor.

Catalina conocía el nombre.

Lo había visto varias veces en bailes.

Un hombre reservado que parecía observar las fiestas como si no perteneciera a ellas.

—¿Por qué?

Don Esteban tardó demasiado en responder.

Catalina comprendió.

—¿Qué pidió?

—Tu mano.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Y si digo que no?

Don Esteban no contestó.

Ella lo miró.

—Quiero saberlo.

—Las deudas volverán a ser exigibles.

—Entonces no es una elección.

—Catalina…

—No diga mi nombre como si eso cambiara lo ocurrido.

Su padre bajó la cabeza.

Al día siguiente Alejandro llegó en un carruaje negro.

Catalina lo recibió en la sala acompañada por su madre, doña Leonor.

Alejandro se sentó frente a ella.

—Supongo que su padre le ha explicado.

—Me explicó que usted pagó el precio de mi familia.

—Pagué las deudas de su padre.

—Y pidió casarse conmigo.

—Sí.

—Suena exactamente como comprarme.

Alejandro aceptó el golpe sin defenderse.

—Tiene razón.

Catalina no esperaba aquella respuesta.

—¿Entonces?

—No voy a fingir que esta situación es romántica.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Necesito una esposa.

—Qué conmovedor.

Algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Alejandro.

—Prefiero que me desprecie por la verdad a que me admire por una mentira.

Catalina lo estudió.

—¿Qué espera de mí?

—Administrará mi casa si desea hacerlo. Tendrá una asignación propia. Su familia conservará San Gabriel.

—¿Y mi hermano?

—Continuará sus estudios.

—¿Mis padres?

—Tendrán ingresos suficientes.

Catalina respiró.

—¿Y qué espera usted como esposo?

Por primera vez Alejandro pareció incómodo.

—No espero afecto inmediato.

—¿Y su cama?

Doña Leonor dejó escapar un pequeño sonido escandalizado.

Alejandro no apartó la mirada.

—Habrá habitaciones separadas.

Catalina pestañeó.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que usted abra la puerta que las comunica.

—¿Y si nunca lo hago?

—Seguirá siendo mi esposa y tendrá exactamente los mismos derechos.

Aquello cambió algo.

No confianza.

Todavía no.

Pero sí la forma en que Catalina lo miró.

—Aceptaré con dos condiciones.

—Dígalas.

—Mi padre no volverá a controlar las escrituras de San Gabriel.

Don Esteban, presente al fondo de la habitación, levantó la cabeza.

Catalina no lo miró.

—La propiedad deberá quedar protegida para mi madre y mi hermano.

Alejandro respondió inmediatamente:

—De acuerdo.

—Y la segunda…

Respiró profundamente.

—Nunca vuelva a decir que me “tomará” como parte de una deuda.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Tiene mi palabra.

Se casaron cinco días después.

La ceremonia fue sencilla.

Ninguno fingió estar enamorado.

Cuando el sacerdote declaró terminados los votos, Alejandro besó brevemente la frente de Catalina.

No sus labios.

Aquella noche ella llegó a Los Laureles, la enorme hacienda familiar de los Montemayor.

Su habitación era espaciosa.

Al otro lado había una puerta.

La puerta que comunicaba con los aposentos de Alejandro.

Catalina esperó escucharla abrirse.

No ocurrió.

Ni aquella noche.

Ni la siguiente.

Ni durante las semanas posteriores.

Alejandro era cortés.

Atento.

Y desesperadamente distante.

Cada mañana desayunaban juntos.

Por las tardes él recorría los campos.

Por la noche hablaban de libros, política, cosechas y música.

Catalina comenzó a participar en las cuentas de la hacienda.

Descubrió que Alejandro conocía personalmente a muchos trabajadores.

Sabía quién tenía un hijo enfermo.

Quién necesitaba reparar el techo.

Quién había perdido una cosecha.

No era el hombre frío que describían en la capital.

Era simplemente un hombre que había convertido la reserva en armadura.

Una tarde ella preguntó:

—¿Por qué nunca se casó antes?

Alejandro permaneció varios segundos en silencio.

—Estuve comprometido.

—¿La amaba?

—Sí.

Catalina sintió algo extraño.

Celos.

La idea la irritó.

—¿Qué ocurrió?

—Descubrí que estaba enamorada de mi primo.

—Eso debió doler.

—Lo peor no fue perderla.

Alejandro miró hacia las montañas.

—Lo peor fue descubrir que llevaba un año fingiendo porque quería ser señora de Los Laureles.

Catalina comprendió.

—Por eso no confía en el amor.

—Por eso no confío en palabras pronunciadas cuando hay fortuna de por medio.

Ella lo miró.

—Entonces somos dos personas que empezaron un matrimonio pensando que el otro quería comprar algo.

Alejandro sonrió.

—Parece que sí.

La distancia entre ellos comenzó a desaparecer.

Montaban juntos.

Leían en la biblioteca.

Catalina reorganizó la escuela de los hijos de los trabajadores.

Alejandro ordenó construir una enfermería cuando ella descubrió que varias mujeres debían viajar horas para recibir atención durante el embarazo.

Una noche, al regresar de visitar a una familia, una tormenta sorprendió a Catalina.

Su caballo se asustó.

Cayó.

Alejandro llegó pocos minutos después.

La encontró inconsciente junto al camino.

—¡Catalina!

Por primera vez ella escuchó verdadero terror en su voz.

Alejandro la llevó en brazos hasta la hacienda.

Permaneció sentado fuera de su habitación durante toda la noche mientras el médico la atendía.

Al amanecer Catalina despertó.

—¿Alejandro?

Entró inmediatamente.

Tenía la camisa arrugada y los ojos enrojecidos.

—Estoy bien.

Él cerró los ojos.

—No vuelva a hacerme eso.

Catalina sonrió débilmente.

—No estaba planeado.

Alejandro tomó su mano.

Después pareció darse cuenta y comenzó a retirarla.

Catalina cerró los dedos sobre los suyos.

No dijo nada.

Él tampoco.

Aquella noche, por primera vez, Catalina abrió la puerta que comunicaba sus habitaciones.

No fue pasión lo primero que encontró al otro lado.

Fue a Alejandro sentado leyendo junto al fuego.

Él levantó la cabeza.

Miró la puerta abierta.

Luego a ella.

—Catalina.

—Usted dijo que esperaría.

Se puso de pie.

—Sí.

—Ya no quiero que espere.

Alejandro no avanzó inmediatamente.

—¿Está segura?

Ella sonrió.

—Eso también me gusta de usted.

—¿Qué cosa?

—Que pregunta.

Entonces fue Catalina quien caminó hacia él.

Pero la felicidad duró poco antes de que el pasado regresara.

Meses después volvieron a Ciudad de México para la temporada de bailes.

Los rumores seguían vivos.

“La muchacha que pagó las deudas de su padre con un matrimonio.”

“La esposa comprada.”

Catalina fingía no escucharlos.

Hasta que Octavio Barragán apareció durante un baile en el Palacio de los Condes de Santiago.

—Doña Catalina.

Ella se volvió.

—Don Octavio.

—Debo admitir que terminó mucho mejor de lo que esperaba.

—¿De qué habla?

—De su venta.

Alejandro, que estaba a pocos pasos, escuchó.

Su rostro cambió.

Octavio continuó:

—Su padre perdió una fortuna y usted consiguió otra todavía mayor. Admirable negocio.

Catalina levantó la barbilla.

Pero Alejandro se interpuso.

—Discúlpese.

Octavio rio.

—¿Por decir la verdad?

—No.

Alejandro habló tan bajo que el salón entero tuvo que guardar silencio para escuchar.

—Por hablar de mi esposa como si fuera una mercancía.

—Usted pagó por ella.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Alejandro sacó un documento de su chaqueta.

—No.

Se lo entregó a Catalina.

—Esto iba a mostrártelo mañana.

Ella lo abrió.

Era una escritura.

San Gabriel.

La hacienda de sus padres.

Estaba registrada a nombre de Catalina Villaseñor de Montemayor.

Y debajo había otro documento.

Los pagarés de su padre.

Cancelados.

—¿Qué significa esto? —susurró.

—Que nunca fui dueño de la deuda.

—Pero usted la compró.

—La compré para destruirla.

Catalina levantó la mirada.

Alejandro continuó:

—Y San Gabriel te pertenece desde la semana posterior a nuestra boda. No a mí. No a tu padre.

Octavio perdió la sonrisa.

Catalina tenía lágrimas en los ojos.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no quería que confundieras gratitud con cariño.

Después Alejandro miró a Octavio.

—Yo pagué sesenta mil pesos aquella noche.

El salón estaba completamente callado.

—Pero nunca compré una mujer.

Tomó la mano de Catalina.

—Ella no me debe nada.

Octavio murmuró:

—Qué sentimental.

Alejandro dio un paso hacia él.

—Mida sus próximas palabras con mucho cuidado.

—¿Me amenaza?

—Le advierto que jamás vuelva a pronunciar el nombre de mi esposa como si usted hubiera tenido derecho sobre ella.

Octavio se retiró.

Nadie volvió a detenerlo.

Cuando estuvieron solos en el carruaje, Catalina no habló durante varios minutos.

Finalmente dijo:

—Me entregaste San Gabriel.

—Era la única manera de asegurar que tu padre no pudiera perderlo nuevamente.

—Y nunca me dijiste nada.

—Necesitaba saber que, si algún día me mirabas con afecto, no sería porque pensabas que te había salvado.

Catalina empezó a llorar.

Alejandro se alarmó.

—¿Qué ocurre?

—Eres un hombre desesperadamente complicado.

—Me lo han dicho.

—Y muy tonto.

—Eso menos.

Catalina rio entre lágrimas.

Después lo besó.

—Te amo.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No pienso repetirlo.

—Catalina.

Ella sonrió.

—Te amo.

Alejandro apoyó la frente contra la suya.

—Yo te amaba antes de aquella mesa de juego.

Catalina se apartó sorprendida.

—¿Cómo?

—Te vi en tres bailes el año pasado.

—Nunca hablaste conmigo.

—No.

—¿Y ya me amabas?

—No seas presuntuosa. Dije que ya te había observado.

Ella golpeó suavemente su brazo.

Alejandro rio.

—Pero cuando Octavio pronunció tu nombre aquella noche, supe inmediatamente de quién hablaba.

—Entonces no interviniste solamente por mi padre.

—No.

—¿Por qué lo hiciste?

Alejandro tardó.

—Porque no soporté la idea de que alguien como él pudiera decidir tu vida.

—Y decidiste decidirla tú.

—Sí.

—Eso tampoco fue muy inteligente.

—He tenido tiempo para descubrirlo.

Catalina tomó su mano.

—Al menos aprendiste.

Tres años después, Los Laureles era una casa muy diferente.

Ya no era silenciosa.

Una niña de dos años llamada Isabel corría por los corredores mientras su hermano pequeño dormía en una cuna junto a la biblioteca.

Don Esteban no volvió a tocar una mesa de juego.

Pasó los últimos años administrando una pequeña parte de San Gabriel bajo la supervisión de su propia hija.

El primer día que tuvo que pedirle autorización para vender ganado, Catalina disfrutó demasiado el momento.

—¿Necesito tu firma? —preguntó avergonzado.

—Sí, papá.

—Supongo que la merezco.

—Probablemente.

Pero después firmó.

Porque también había aprendido que perdonar no significaba devolver a alguien el poder de hacerte daño otra vez.

Una noche, Alejandro encontró a Catalina junto al fuego.

—¿Piensas alguna vez en aquella mesa?

—A veces.

—Yo también.

Él se sentó junto a ella.

—Creí que estaba comprando una solución.

Catalina levantó una ceja.

—Terrible forma de describir a tu esposa.

—Todavía no eras mi esposa.

—Peor.

Alejandro sonrió.

Después tomó su mano.

—Lo que intento decir es que aquella noche creí que podía resolverlo todo con dinero.

—Y descubriste que no.

—Descubrí que el dinero puede pagar una deuda.

Besó sus dedos.

—Pero no puede conseguir confianza.

Otro beso.

—Ni respeto.

Otro.

—Ni amor.

Catalina apoyó la cabeza sobre su hombro.

Fuera, las luces de la hacienda brillaban bajo un cielo lleno de estrellas.

Su matrimonio había comenzado como el resultado de una deuda.

Pero no había terminado siendo una deuda.

Porque Alejandro había comprado los pagarés, no a Catalina.

Y Catalina, que una vez creyó que su futuro había sido decidido entre cartas y dados, terminó descubriendo que todavía poseía lo único que nadie había tenido derecho a apostar.

Su propia voluntad.

La eligió para quedarse.

La eligió para amar.

Y Alejandro, el hombre que todos creían capaz de comprar cualquier cosa, comprendió finalmente que lo mejor que había recibido en toda su vida era precisamente aquello que jamás podría haber comprado.

Una mujer que, pudiendo marcharse…

lo eligió libremente.

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