Volví a la cena de cumpleaños de mi suegro y no había silla para mí. Mi esposo brindaba con su amante sentada en mi lugar, con mi vestido y las esmeraldas de su madre. Ella me miró y dijo: “Me acerqué porque sabía que sería fácil”. No discutí, entregué la memoria al inspector frente al notario, y entonces ardió el invernadero.
PARTE 1 —Levántate de esa silla, Lucía. Ese lugar no pertenece a la mujer que duerme con mi nieto, sino…