Le dieron al huérfano el peor caballo de la granja, y resultó ser el único que logró cruzar las aguas de la inundación.
Le dieron al huérfano el peor caballo de la granja, y resultó ser el único que logró cruzar las aguas de la inundación.
En la primavera de 1889, cuando las diligencias todavía levantaban nubes de polvo sobre los caminos de Chihuahua y los telegramas tardaban horas en cruzar distancias que a caballo podían costar días, Tomás Rivas llegó a la Hacienda Santa Rosalía con una bolsa de lona, una camisa remendada y 14 años demasiado serios para su edad.
Tres meses antes, una fiebre había matado primero a su madre.
Ocho días después, su padre murió de la misma enfermedad.
Desde entonces, Tomás había dormido en casas prestadas, establos ajenos y cuartos donde siempre escuchaba la misma palabra:
Temporal.
Puedes quedarte temporalmente.
Te ayudaremos temporalmente.
Hasta que encontremos una solución.
La solución terminó siendo doña Rebeca Arriaga, viuda de un hacendado y dueña de una enorme propiedad ganadera cerca del río Santa Clara.
Necesitaba manos para la temporada de marcaje.
Tomás necesitaba un lugar donde ser útil pudiera significar también tener un techo.
—Aquí todos trabajan —le explicó Rebeca durante el viaje desde el pueblo—. Yo incluida. No recibirás privilegios por lo que te ocurrió.
Tomás miró las llanuras secas desde la carreta.
—No traje mi desgracia para que trabaje por mí.
Rebeca giró la cabeza.
Por primera vez desde que lo había recogido, sonrió.
—Tienes valor.
—Tengo hambre.
—Eso también ayuda.
La hacienda tenía más de 700 reses, tres establos, varios corrales y casi 40 caballos de trabajo.
El encargado de los vaqueros era Hilario Duarte, un hombre de 50 años curtido por el sol y convencido de que la rapidez era la mejor prueba de competencia.
Cuando vio bajar a Tomás de la carreta, observó sus hombros estrechos y su aspecto delgado.
—¿Doña Rebeca pidió un trabajador o nos mandaron otra boca para alimentar?
Varios hombres rieron.
Tomás no respondió.
Durante su primera semana cargó agua, limpió establos, reparó cercas y se levantó antes que hombres que pesaban el doble que él.
Nunca protestó.

Había aprendido algo desde la muerte de sus padres:
quejarse no conseguía que nadie quisiera conservarte cerca.
Al final de la semana, Rebeca ordenó que le asignaran un caballo.
Hilario sonrió como si hubiera estado esperando aquel momento.
Pasó frente a los mejores animales hasta detenerse junto a una pequeña yegua color arena.
Tenía una cicatriz en una pata trasera, la punta de una oreja desgarrada y una cola torcida.
Se llamaba Mora.
Los vaqueros la llamaban a escondidas “la mula que nació caballo”.
Su peor defecto era detenerse.
Se detenía ante el barro.
Ante piedras sueltas.
Ante puentes desconocidos.
Ante terrenos donde otros caballos entraban sin pensar.
Dos hombres habían intentado obligarla usando espuelas.
Mora había lanzado a ambos al suelo.
Hilario abrió la puerta del corral.
—Un muchacho difícil necesita un caballo difícil.
Tomás miró a la yegua.
—¿Qué tiene de malo?
Las carcajadas fueron inmediatas.
—Tendrás meses para averiguarlo.
Todos esperaron que Tomás montara.
No lo hizo.
Se sentó sobre una cerca y observó a Mora.
La yegua lo observó de regreso.
Después de varios minutos, Tomás dejó un pedazo de manzana en el suelo y retrocedió.
Mora se acercó, pero antes de comer olfateó detenidamente la tierra alrededor.
Un viejo cuidador llamado Eusebio Méndez vio aquello.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada. Sigue mirándola.
Tomás comenzó a limpiar los cascos de Mora aquella tarde.
Eran sorprendentemente anchos para un animal tan pequeño.
Las plantas eran duras.
Las viejas cicatrices parecían causadas por años de caminar entre agua y terrenos difíciles.
Eusebio le contó que Mora había llegado desde una propiedad cercana al río Conchos.
Una gran inundación había destruido aquel rancho años atrás.
La yegua sobrevivió tres días aislada sobre un banco de grava mientras otros animales se ahogaban.
—Entonces no le teme al agua —dijo Tomás.
Eusebio negó lentamente.
—Tal vez no le teme.
—¿Entonces?
—Tal vez la respeta.
Al día siguiente Tomás la ensilló sin espuelas.
Durante la primera salida, Mora se detuvo ante una extensión de tierra aparentemente seca.
Hilario gritó:
—¡Hazla avanzar!
Otro vaquero le ofreció unas espuelas.
Tomás bajó del caballo.
Tomó un pedazo roto de cerca y lo clavó delante de Mora.
La madera se hundió casi hasta su codo.
Bajo una delgada costra seca había un lodazal profundo.
Las risas desaparecieron.
Hilario se encogió de hombros.
—Hasta un caballo tonto acierta una vez.
Tomás rodeó el lugar sin discutir.
Durante las siguientes semanas, muchacho y yegua comenzaron a entenderse.
Tomás descubrió que Mora odiaba la presión fuerte sobre un lado de la boca, así que ajustó el freno.
Mora descubrió que Tomás no la castigaba cuando se detenía.
Poco a poco comenzó a confiar.
No era rápida.
No era elegante.
Pero jamás colocaba una pata donde antes no estuviera segura.
En una ocasión, durante la persecución de un becerro, los mejores caballos se hundieron en un terreno pantanoso cubierto de juncos.
Mora pasó sobre él extendiendo su peso mediante sus cascos anchos y llevó a Tomás hasta el animal.
Aquella noche Rebeca le preguntó:
—¿Qué opinas del peor caballo de mi hacienda?
Tomás miró hacia el corral.
—Creo que se da cuenta cuando nosotros estamos equivocados.
Rebeca guardó silencio.
—Eso puede valer más que correr rápido.
A finales de mayo, las nieves de la sierra comenzaron a derretirse.
El río Santa Clara creció.
Doña Rebeca ordenó trasladar parte del ganado antes de que llegaran las lluvias.
Un viejo puente de madera cruzaba el río, pero sus soportes estaban debilitados, así que Hilario decidió usar un vado situado varios kilómetros río arriba.
Siete vaqueros salieron con él.
Tomás fue el octavo.
Al llegar al vado, todos los caballos cruzaron.
Mora no.
La yegua olfateó la corriente y caminó río arriba.
—¡El paso está aquí! —gritó Hilario.
Tomás permitió que continuara.
Cincuenta metros después Mora encontró un fondo cubierto de grava.
Cruzaron con el agua apenas por encima de los cascos.
Los demás habían atravesado una zona mucho más profunda.
Desde la otra orilla, Tomás observó las montañas.
Nubes oscuras cubrían las cumbres.
—Señor Hilario, deberíamos regresar pronto.
—Todavía tenemos horas.
—Mora está inquieta.
Hilario rio.
—Los caballos huelen muchas cosas. Los muchachos entienden pocas.
Reunieron el ganado durante toda la mañana.
Hacia las 2 de la tarde comenzó a escucharse un trueno lejano.
Sin embargo, sobre ellos todavía había cielo claro.
Cuando llegaron nuevamente al río, el nivel había subido.
Pequeñas ramas bajaban arrastradas por la corriente.
Después pasó un tronco entero.
Tomás sintió que Mora comenzaba a sudar.
—Esperemos en terreno alto.
Hilario miró las cientos de reses.
—Si dejamos el ganado aquí toda la noche perderemos la mitad.
Ordenó comenzar el cruce.
Mora se negó a entrar.
—¡Oblígala!
—No.
Hilario giró furioso.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no.
—Entonces vuelve a la colina y deja trabajar a los hombres.
Los primeros animales entraron al río.
Dos jinetes iban delante.
Cuando unas 60 reses estaban dentro del agua, un estruendo llegó desde el norte.
No era un trueno.
Era algo peor.
Árboles.
Rocas.
Agua.
Una crecida repentina bajaba desde las montañas.
—¡Atrás! —gritó Hilario.
El río se convirtió en una pared marrón.
El ganado se dispersó.
Los caballos lucharon por escapar.
Mora giró sin esperar órdenes y subió por una pequeña pendiente.
Segundos después, el lugar donde había estado fue cubierto por el agua.
La mayoría consiguió llegar a terreno alto.
Pero Hilario y cuatro hombres quedaron atrapados en un banco de grava cerca de la otra orilla.
Uno de ellos, Julián Ortega, había caído cuando su caballo chocó contra un tronco.
Tenía la pierna rota.
Tomás logró regresar a la hacienda junto con otros jinetes.
Cuando Rebeca llegó a la orilla del río, comprendió la gravedad.
Los cinco hombres podían verse a menos de cien metros.
Pero entre ellos y la hacienda corría un canal lleno de troncos y agua tan fuerte que podía derribar un toro.
El banco de grava desaparecía poco a poco.
Además, la temperatura estaba descendiendo.
Intentaron usar los caballos más fuertes.
Un semental negro avanzó hasta que el agua golpeó su pecho y retrocedió en pánico.
Otro caballo casi cayó sobre su jinete.
Rebeca prohibió seguir forzándolos.
Tomás caminó con Mora junto a la orilla.
La yegua rechazó tres lugares.
Después llegó a una curva.
Se detuvo.
Olfateó el agua.
Entró unos pasos.
Tomás observó la corriente.
En aquel punto el río golpeaba primero la orilla opuesta y dejaba una corriente secundaria algo más lenta.
—Encontró un camino.
Rebeca lo miró.
—No.
—Podemos llevar una cuerda.
—Tienes 14 años.
—Ellos no tendrán una hora más.
—Puedes morir.
Tomás respiró.
—Mora ha tenido razón cada vez que nosotros la dejamos decidir.
Rebeca miró el banco que desaparecía.
Luego al muchacho.
Después a la pequeña yegua a la que todos despreciaban.
Finalmente tomó una larga cuerda de cuero.
Comprobó personalmente cada nudo.
—Si entra en pánico, regresas.
Tomás quitó el freno para que Mora pudiera mover libremente la cabeza si tenía que nadar.
Ató la cuerda a la silla.
—Vamos, muchacha.
Mora entró.
Primero caminó.
Después el suelo desapareció.
Comenzó a nadar.
La corriente los arrastró río abajo.
—¡Tomás! —gritó Rebeca.
Por unos segundos pareció que todo había terminado.
Pero Mora no luchó contra la corriente.
La siguió en diagonal.
Nadó hacia una zona de remolino más lento que Tomás ni siquiera había visto.
Poco después encontró grava.
Salió junto a los hombres atrapados.
Hilario quedó mudo.
La yegua inútil acababa de llegar donde sus mejores caballos no se habían atrevido.
—Sujeten la cuerda arriba —ordenó Tomás.
Entre ambas orillas lograron tensarla.
Con otra cuerda enviaron un pequeño abrevadero de madera flotando como una embarcación improvisada.
Colocaron dentro a Julián, inmovilizando su pierna con tablas.
La corriente golpeó violentamente el recipiente.
A mitad del cruce, una rama enorme chocó contra la cuerda.
Tomás sintió que Mora casi caía.
La yegua retrocedió, tensando la línea con todo su peso.
La rama pasó por debajo.
El abrevadero llegó a la otra orilla.
Julián estaba vivo.
Los siguientes hombres cruzaron agarrados a la cuerda.
Hilario fue el último de los adultos.
Cuando llegó al lado seguro gritó:
—¡Tomás! ¡Ahora tú!
Pero Mora permanecía inmóvil.
Estaba agotada.
Detrás de ellos, parte del banco de grava se derrumbó.
—¡Deja la yegua! —gritó Hilario—. ¡Ven por la cuerda!
Tomás miró a Mora.
—No.
—¡Es un caballo!
—Ella no me dejó.
Esperó.
No tiró de las riendas.
No golpeó sus costados.
Mora levantó la cabeza.
Miró el agua.
Un segundo pedazo de tierra desapareció.
Entonces dio un paso.
Entró voluntariamente.
La corriente volvió a arrastrarlos.
Tomás se aferró a su crin.
Mora siguió la misma curva.
Nadó.
Tocó grava.
Y salió del agua cuando la última luz comenzaba a desaparecer.
Rebeca tomó a Tomás del abrigo y prácticamente lo arrancó de la silla.
Lo abrazó.
Era la primera vez que lo hacía.
Hilario se acercó a Mora.
Apoyó una mano sobre su cuello mojado.
—Pasé dos años intentando hacer que este animal dejara de pensar.
Tomás, temblando de frío, respondió:
—Y ella pasó dos años intentando mantenerlos vivos hasta que ustedes aprendieran a escuchar.
Nadie se rio.
Aquella noche todos los hombres llegaron a refugio.
Julián conservó la pierna, aunque tardó meses en volver a montar.
La hacienda perdió cercas, ganado y parte de un establo.
Pero Rebeca anotó primero los nombres de las personas salvadas y solo después las pérdidas materiales.
Mora pasó seis días descansando.
Los mismos hombres que se habían burlado comenzaron a dejarle manzanas.
La yegua las aceptaba sin mostrar demasiado interés por sus nuevas opiniones.
Hilario retiró personalmente el viejo letrero de su establo donde alguien había escrito “caballo inútil”.
Después pidió a Tomás que enseñara a los jinetes jóvenes a distinguir miedo de precaución.
—Yo puedo enseñarles a esperar —respondió Tomás—. El caballo tendrá que enseñarles el resto.
Llegó el otoño.
Una tarde Rebeca dejó dos documentos sobre la mesa.
—El primero es un contrato de trabajo por un año, con salario completo.
Tomás lo leyó.
—¿Y el otro?
—Puedes elegir cualquiera de mis caballos.
Tomás ni siquiera abrió la lista.
—Ya elegí.
—Tenemos sementales que valen diez veces más.
—No quiero uno que valga más.
Miró hacia el corral.
Mora esperaba cerca de la puerta.
—Quiero el que confió en mí cuando nadie más lo hizo.
Rebeca tomó la lista.
—Entonces Mora es tuya.
Tomás firmó el contrato.
Pensó que había terminado.
Rebeca colocó delante de él un tercer papel.
—Falta esto.
Tomás leyó su nombre.
Tomás Rivas.
Debajo decía que, mientras él quisiera permanecer allí, tendría habitación, alimento, salario y un lugar permanente dentro de Santa Rosalía.
El muchacho levantó lentamente los ojos.
—¿Ya no es temporal?
Rebeca negó.
—No.
Tomás intentó responder, pero no pudo.
Durante meses había soportado golpes, burlas, hambre y miedo sin llorar.
Aquella palabra consiguió lo que todo lo demás no había podido.
Rebeca se acercó.
—No reemplazaré a tus padres.
—Lo sé.
—Pero mientras tú quieras, esta será tu casa.
Tomás comenzó a llorar en silencio.
Mora golpeó la puerta del corral con un casco.
Rebeca sonrió.
—Parece que alguien te está esperando.
Años después, los vaqueros de Chihuahua todavía contaban la historia de la gran inundación de Santa Rosalía.
Decían que aquel fue el día en que el peor caballo de la hacienda entró en una corriente que los animales más fuertes habían rechazado.
Tomás siempre corregía la historia.
Mora nunca había sido el peor caballo.
Solo había sido juzgada por hombres demasiado impacientes para comprenderla.
Y quizá por eso un muchacho al que nadie quería y una yegua que nadie respetaba pudieron reconocerse desde el primer día.
A ambos les habían llamado problema cuando en realidad solo necesitaban que alguien tuviera paciencia suficiente para escuchar.
Y juntos encontraron algo que ninguno esperaba volver a tener.
Un lugar al que pertenecer.